Si algo le obsesionaba al director de cine, escritor, poeta, pintor, escenógrafo y filósofo Jean-Luc Godard, era la libertad. De allí que libremente optara, el 13 de septiembre, por el suicidio asistido. De esta forma, la figura emblemática de la Nouvelle Vague «llegó al fondo de sus convicciones», como opinara Liberation, el diario francés. Así se fue el cineasta franco-suizo, a la hora exacta, día y lugar que había dispuesto, en su casa en la pequeña ciudad de Rolle. Incluso dejó dicho lo que debía decir su epitafio: al contrario. «Recurrió a la asistencia legal en Suiza para una partida voluntaria ya que estaba afectado por ‘múltiples enfermedades incapacitantes'», según el informe médico.
Provocador nato, figura indiscutible de la izquierda, Jean-Luc Godard era sin duda un rebelde perpetuo, un eterno cascarrabias, con un enorme espíritu de contradicción, un verdadero Monsieur «contreras»: «Me gustan las escaramuzas, o lo que llamaban en la Edad Media, las disputas. En suma, la contradicción, una dicción contra otra dicción», solía decir cuando le preguntaban de su carácter. Aunque los actores que dirigió a lo largo de 131 obras (76 nominaciones a premios y 51 galardones) le tenían pavor, aceptaban trabajar con él porque sabían que este «monstruo del cine» los haría famosos, como sucedió con actores desconocidos como Jean-Paul Belmondo, protagonista de la película Sin aliento, y Michel Piccoli, por El desprecio.
Jean-Luc Godard tenía muchas pasiones: Beethoven, el jazz, la obra de Thomas Mann, la nuca de las mujeres, el tenis, la palabra «dégueulasse» (repugnante), las citaciones literarias, el color rojo y el azul, las trabajadoras sexuales y llevarle la contraria a todo el mundo. Esta característica de su personalidad le empezó a traer problemas desde que era niño, primero con su familia (adinerada, protestante y muy burguesa), con los maestros y por supuesto con sus compañeros. Sin pensarlo dos veces, sus padres, quienes terminaron divorciados, lo mandaron a un internado en Suiza. «Cuando era niño, tenía cinco casas y doce barcos. Desde muy joven tuve acceso a estas residencias, sol, la playa y la nieve. Siempre estuve rodeado de libros. Crecí, sin embargo, con un rigor protestante. Si puede existir una imagen de la democracia feliz y, además, rica, creo que yo la conocí. Todo esto le faltó a Truffaut».
En esta entrevista de 1989, titulada «Week-end avec Godard», de la revista Dérives, Godard se refiere a quien fuera su mejor amigo y compañero durante los conflictos estudiantiles de 1968 y en la creación de la nouvelle vague, François Truffaut, un hijo no deseado, nacido de un padre desconocido.
Después de haber sido íntimos amigos, Jean-Luc Godard y François Truffaut, los dos directores más importantes del cine francés, se convirtieron en enemigos íntimos. Ambos escriben en Cahiers du Cinéma, la revista especializada para los cinéfilos. En 1968 se unen para protestar contra André Malraux, el poderoso ministro de Cultura, por expulsar de la cinemateca a Henri Langlois, fundador de esa casa. Sus protestas llegan a exigir al gobierno cancelar el Festival del cine de Cannes de ese año porque: «no hay ni una sola película que muestre los problemas de los obreros y los estudiantes. Tenemos que demostrar la solidaridad del cine con el movimiento obrero y estudiantil de Francia». Finalmente logran su objetivo y el Festival de Cannes se cancela. En 1973, Truffaut gana el Oscar a la mejor película extranjera por La noche americana. Godard le manda una carta en la cual le dice, entre otras cosas muy desagradables: «Ayer vi La noche americana. Probablemente nadie te tratará de mentiroso, pero yo sí lo hago. No se trata de una injuria fascista, es una crítica y es precisamente la ausencia de crítica lo que nos dejan este tipo de películas…». La respuesta de Truffaut no se dejó esperar: «… siento que llegó el momento de decirte, largamente, que en mi opinión te comportas como una mierda». A partir de ahí, la relación entre los dos se deteriora por completo. Nunca más se volvieron a hablar o a buscar. Truffaut murió de un tumor cerebral, a los 52 años, en 1984. Y Jean-Luc Godard desapareció, el martes pasado, por suicidio asistido en Suiza, a los 91 años. Como escribiera Macron a propósito de este último: «Hemos perdido un tesoro nacional, un hombre que tenía la visión de un genio». Lo mismo se pudo haber dicho de la muerte de Truffaut.