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En Morena Chihuahua la sucesión rumbo a 2027 ya empezó, aunque falten años y sobren egos. Es una guerra interna digna de telenovela: traiciones, protagonismos forzados y uno que otro personaje que aparece solo cuando hay foto oficial… y aun así sale desenfocado.
Por un lado está Cruz Pérez Cuéllar, quien se asume —y se vende— como el puntero natural, el heredero legítimo del trono guinda. Por el otro, Andrea Chávez, en su papel favorito: protagonista absoluta de las novelas de Televisa, aunque la trama no siempre la acompañe. Entre ambos, el guion se escribe con codazos, silencios incómodos y sonrisas de compromiso que duran lo que tarda el fotógrafo en contar hasta tres.
Y como toda buena historia de Morena, aparece la tercera vía, esa que no se menciona en público pero se entiende en privado: la que tiene línea directa con Palacio Nacional. Porque en política, como en el dominó, no gana quien grita más fuerte, sino quien trae las fichas marcadas.
El reciente festejo por los siete años del triunfo de Morena no fue casualidad ni espontáneo. Nada de eso. El Zócalo lleno no fue un accidente histórico, sino un ejercicio de logística fina, con acarreos premium incluidos, orquestados desde la Secretaría de Bienestar. Ariadna Montiel, con mirada quirúrgica, detectó la fractura morenista en Chihuahua y decidió mandar un mensaje claro: “si aquí falta gente, la importamos”.
Miles de banderas de Chihuahua ondearon… aunque muchos de los asistentes probablemente necesitarían Google Maps para ubicar al estado. Pero eso es lo de menos: en Morena, la geografía es flexible y la militancia se adapta según la ocasión.
Mientras Pérez Cuéllar y Andrea cada quien jugaban su propio ajedrez —y Juan Carlos Loera hacía honor a su ya tradicional invisibilidad—, la funcionaria federal le mostró a Claudia Sheinbaum que el músculo no solo se presume, se ejerce. Fue un “aquí mando yo” con sonido de tambora y camiones foráneos.
El objetivo es claro y casi obsesivo: Chihuahua, la llamada “última resistencia conservadora”, el trofeo que Morena quiere colgarse para presumir la conquista total del mapa. Poco importa si el perfil que se baraja no vive en el estado, no nació ahí y apenas distingue Juárez de Delicias. Lo esencial es que sirva como pegamento interno para un partido que, cuando no pelea con la oposición, se devora a sí mismo.
Claro, siempre hay un riesgo en el guion: que el alcalde, con su pasado panista del tamaño de un expediente judicial, decida no obedecer las órdenes de Palacio Nacional y juegue su propia carta. Que pacte, que bloquee, que cierre la puerta para que ni Ariadna ni nadie de Morena ponga un pie en el Gobierno del Estado.
Por ahora, todo es ensayo general. El telón real se levanta en 2026. Ahí veremos si Morena logra unificarse… o si Chihuahua vuelve a demostrar que no se conquista solo con banderas prestadas y discursos reciclados.
Porque en política, como en el circo, no siempre gana quien trae más gente, sino quien sabe quién jaló realmente los hilos.
La regidora Isela Martínez ha decidido mover ficha tempranamente al declarar que el candidato a gobernador por su partido podría definirse «en agosto» de este año, un comentario que busca posicionarla como voz informada en el proceso interno. Sin embargo, su opinión —emitida con tono de certeza— choca con la realidad de que Isela se mantiene alineada incondicionalmente con el alcalde Marco Bonilla, actuando más como eco de sus intereses que como figura autónoma con peso propio. Esta intervención oportunista pretende elevarla al nivel de los políticos destacados que marcan agenda, pero hasta ahora solo ha logrado proyectar una imagen subordinada, sin la independencia ni el liderazgo necesario para trascender el ámbito local.
Lamentablemente, el intento de Isela por mostrarse a la altura de un proceso estatal revela sus limitaciones: carece de la proyección y el respaldo que distinguen a aspirantes reales. Mientras otros nombres circulan con fuerza en los pasillos del poder, su declaración suena más a un esfuerzo por ganar visibilidad que a una contribución sustantiva al debate sucesorio. En un año donde la definición del candidato a gobernador será crucial para las ambiciones panistas, figuras como ella corren el riesgo de quedar relegadas al papel de comentaristas secundarios, sin lograr el salto que tanto anhelan. El tiempo dirá si agosto trae sorpresas, pero por ahora, Isela Martínez sigue sin convencer como protagonista.







