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La resolución emitida por la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México terminó por desactivar uno de los episodios políticos que durante meses se utilizó para mantener presión sobre la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos. La fiscal Bertha Alcalde Luján dejó en claro que, tras revisar la denuncia presentada por el senador Javier Corral, el Ministerio Público concluyó que no existían elementos para configurar delito alguno y, por lo tanto, se determinó cerrar la carpeta. Más allá del discurso jurídico, el mensaje político es contundente: el expediente que durante mucho tiempo se manejó como una supuesta bomba mediática terminó desinflándose por falta de sustento legal.
El pronunciamiento de la fiscal capitalina también exhibe la creciente confrontación política que aún persiste entre grupos ligados al pasado y al presente del poder en Chihuahua. Alcalde Luján incluso señaló que desde el arranque del caso hubo manipulación de la información con objetivos distintos a los estrictamente judiciales, una declaración que inevitablemente alimenta la percepción de que la denuncia tenía más carga política que viabilidad penal. Mientras Javier Corral recurrió a los mecanismos legales para impugnar la decisión, la propia Fiscalía dejó claro que la audiencia convocada por el Tribunal no implica responsabilidad alguna para la mandataria estatal ni significa que existan irregularidades en la investigación.
En medio de este escenario, la narrativa comienza a cambiar para el entorno político de Maru Campos, particularmente porque el caso vuelve a colocar sobre la mesa la discusión sobre el uso de instituciones de justicia en disputas entre actores públicos. La Fiscalía capitalina defendió el actuar de sus ministerios públicos y recordó que las revisiones judiciales forman parte normal del sistema, no una prueba automática de errores o encubrimientos. Sin embargo, el fondo político permanece intacto: el choque que ha generado Corral continúa siendo uno de los capítulos más tensos de la política chihuahuense, ahora con un fallo que favorece claramente a la actual gobernadora y debilita el discurso de quienes apostaban por convertir el tema en un escándalo de mayores dimensiones.
El famoso Tribunal de Disciplina Judicial del Poder Judicial de Chihuahua apenas va arrancando y ya parece reality político, campo de guerra universitario y ajuste de cuentas sentimental al mismo tiempo.
Y es que el experimento judicial que muchos vendieron como la gran revolución contra los vicios del pasado, terminó convertido en un auténtico “Frankenstein”. Una mezcla rara de perfiles incompatibles, cuotas, amistades, grupos políticos y relaciones personales disfrazadas de méritos.
Pero esta semana el asunto escaló todavía más.
En redes sociales se le fueron literalmente a la yugular al magistrado Luis Daniel Meza. Y no con críticas suaves precisamente. Lo tundieron con acusaciones de favoritismo, campañas anticipadas, padrinazgos políticos y hasta relaciones sentimentales que presuntamente habrían influido en su llegada al cargo.
“Qué padre que tienes un novio funcionario del Estado, qué padre que te puso ahí aunque no lo merecieras”, decía una de las publicaciones que comenzó a circular y que rápidamente prendió entre abogados, funcionarios y grillos del ámbito judicial.
Durísimo.
Porque más allá del tono visceral y personal del mensaje, el fondo revela algo mucho más delicado: la profunda falta de credibilidad con la que nació este nuevo Tribunal.
Y sí, hay una realidad incómoda: cuando un órgano público arranca bajo sospechas de cuotas, favoritismos y acomodos políticos, cualquier rumor encuentra tierra fértil. Así funciona el desgaste público. Lo personal termina mezclándose con lo institucional.
Claro, también hay que decirlo: una cosa es cuestionar nombramientos y otra convertir el linchamiento digital en deporte local. Porque por más personaje público que sea alguien, ese tipo de señalamientos terminan golpeando a la persona detrás del cargo. Y en política judicial, donde todo se mueve entre intrigas, silencios y grupos de poder, las redes sociales se han vuelto el nuevo paredón público.
El problema para Luis Daniel Meza es que llegó en el peor contexto posible: un Tribunal señalado desde antes de nacer.
Uno donde mucha gente sigue preguntándose por qué quedaron fuera perfiles con mayor trayectoria y reconocimiento. Ahí se mencionan nombres como Salvador o Víctor, considerados por varios sectores como aspirantes mucho más sólidos para integrar el órgano disciplinario.
En cambio, lo que terminó imponiéndose fue la percepción de que algunas posiciones se repartieron entre grupos cercanos al poder político y universitario.
La propia publicación viral lo deja entrever cuando recuerda aquellas campañas anticipadas desde facultades y correos institucionales: “Me empezaron a llegar correos de tus alumnas de Ciencias Políticas con campaña anticipada para que votara por ti”.
Y ahí está el verdadero veneno de este asunto.
Porque el Tribunal de Disciplina Judicial nació supuestamente para combatir privilegios, limpiar la justicia y devolverle confianza a la ciudadanía. Pero en cuestión de semanas ya carga exactamente con los mismos señalamientos de siempre: favoritismo, padrinos, cuotas y relaciones políticas.
El resultado es demoledor.
Un órgano creado para impartir disciplina judicial terminó convertido en tema de escándalo político y guerra de redes sociales antes siquiera de consolidarse.
Y mientras los magistrados apenas acomodan sus oficinas, Chihuahua ya presencia lo que parece ser el inicio de una larga temporada de intrigas internas, fracturas de grupo y fuego amigo.
El “Tribunal Frankenstein” apenas despertó… y ya comenzó a devorarse a sí mismo.
Hay niveles. Y luego está el de Don Polo Mares.
Mientras algunos andaban repartiendo certificados de lealtad política como si fueran estampitas de primera comunión —“si no marchas, eres tibio; si no gritas, no apoyas; si no aplaudes, traicionas”—, apareció el presidente del Consejo Coordinador Empresarial con esa extraña costumbre que ya casi no se usa en la política local: la serenidad.
Porque sí, Chihuahua presenció otra de esas escenas donde la emoción partidista suele confundir músculo con inteligencia. De pronto, parecía que el patriotómetro venía con bocina integrada y medía el amor a una causa según el número de cuadras caminadas bajo el sol. Marchómetro en mano, algunos decidieron repartir medallas de valentía y etiquetas de cobardía.
Y entonces Don Polo, sin aspavientos, sin espuma en la boca y sin la necesidad de convertir una conferencia en espectáculo de arena política, hizo lo que hacen los hombres con experiencia: habló poco, pero habló claro.
“Aquí no hay tibieza”, dijo, y bastó una frase para pinchar el globo dramático. Porque, claro, exigir no solo se hace con marchas. Qué descubrimiento tan incómodo para quienes creen que gobernar y respaldar se reduce al activismo de calendario o a la fotografía del contingente.
Hay algo profundamente incómodo en la respuesta de Polo Mares: exhibe madurez. Y la madurez, en tiempos de sobresalto permanente, suele parecer rebeldía.
Porque mientras unos buscaban dividir entre “los buenos que marchan” y “los tibios que no”, el dirigente empresarial recordó algo elemental: las instituciones serias no funcionan con emociones del día ni con consignas de ocasión. Funcionan con exigencia constante, diálogo duro cuando toca y reconocimiento cuando corresponde.
Eso sí: qué difícil debe ser para algunos entender el concepto de independencia. Especialmente en una época donde parece que toda organización tiene que escoger bando, ponerse camiseta y desfilar bajo amenaza de linchamiento mediático. Si no marchas, sospechoso. Si piensas distinto, traidor. Si no te tomas la selfie correcta, enemigo.
Pero ahí estaba Don Polo, con ese viejo arte de la caballerosidad política —sí, esa especie casi en extinción— evitando el pleito barato, sin engancharse en el concurso de gritos y, de paso, dejando una lección involuntaria: el colmillo también sirve para no caer en provocaciones.
Porque quizá la gran diferencia entre los improvisados y los veteranos es esa: unos creen que la firmeza se mide en volumen; otros entienden que el verdadero peso político muchas veces llega hablando bajito.
Y es que Chihuahua conoce bien a los personajes que se suben al caballo del momento, espada en mano, buscando enemigos imaginarios para alimentar la tribuna. Lo novedoso aquí fue ver a alguien negándose a entrar al ruedo del dramatismo.
Don Polo no salió a pelear. Salió a poner orden en una conversación desordenada.
Y vaya ironía: terminó pareciendo el más político de todos… precisamente por no comportarse como político de barricada.
Al final, quizá el mensaje fue mucho más simple de lo que algunos quisieron escuchar: exigir no significa desfilar; respaldar no significa obedecer; y disentir no convierte a nadie en tibio.
A veces, simplemente significa tener experiencia suficiente para no perder la compostura cuando otros ya andan repartiendo antorchas.






