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La declaración del director de Servicios Públicos, José Luis de la Madrid, generó un profundo malestar en el gabinete del presidente municipal Marco Bonilla, especialmente porque el funcionario no pertenece al mismo partido que el alcalde panista. Sus palabras, al afirmar que «cuando se trabaja bien, se nota», fueron interpretadas como un enfasis directo al manejo de la administración actual, en un contexto donde el Ayuntamiento acaba de adquirir nuevos camiones recolectores de basura. Esta compra, aunque presentada como un avance, evidenció el grave deterioro de las unidades existentes, poniendo en relieve años de mantenimiento deficiente y descuido en la dirección responsable.
Lejos de ser una sorpresa, la llegada tardía de los camiones —anunciados para octubre del año pasado y entregados meses después, tras una recompuesta precaria de solo ocho unidades en noviembre— refuerza el patrón de rezagos en los compromisos municipales. La crítica de De la Madrid no solo incomodó a los panistas cercanos al alcalde, sino que salpicó a otras áreas, como Cultura, señalada por derrochar recursos millonarios con resultados visibles escasos. En contraste, dentro del propio espectro priista, figuras como Cristian Medellín destacan por obtener resultados positivos a pesar de los obstáculos y bloqueos internos en la administración, lo que acentúa las diferencias en eficiencia según el color partidista.
El 2026 apenas gatea y el Ayuntamiento ya parece correr una carrera de obstáculos… pero con los ojos vendados. A la inseguridad que se niega a disminuir, los homicidios que ya se volvieron paisaje urbano y la telenovela sin fin de la Puerta Chihuahua, ahora se suma otro capítulo digno del manual del caos gubernamental: el puente atirantado, esa “gran obra” que prometía elevar a la ciudad y que amenaza con hundirse antes de tocar el río.
Porque sí, el famoso puente —uno de los tres prometidos como si fueran trofeos olímpicos— arrancó formalmente su construcción entre aplausos, boletines y discursos grandilocuentes. Pero la luna de miel duró lo que tarda un ambientalista en leer la letra chiquita. Resulta que siempre sí habrá intervención en el río Chuviscar, ese mismo que juraron, prometieron y casi firmaron con sangre que no tocarían “ni un metro”.
Ahora nos dicen que los trabajadores deberán meterse durante unos meses al cauce para asegurar la base de la columna principal. ¿Un detalle técnico menor? Tal vez. ¿Una contradicción directa al discurso oficial? Sin duda. Y ahí está el problema: no es el puente, es la mentira.
Los grupos ambientalistas, que no suelen despertar simpatías en Palacio Municipal, ya se preparan para bloquear la obra. No porque odien el progreso, sino porque no les gusta que les vean la cara. Les dijeron una cosa y están haciendo otra. Así de simple. Así de torpe.
¿Hay tintes políticos? Por favor. Sería ingenuo pensar que no. Esta magna obra es, sin exagerar, la joya de la corona del alcalde Marco Bonilla. La más ambiciosa a nivel estatal, la que alimenta currículums, espectaculares y aspiraciones rumbo al 2027. Detenerla —o siquiera embarrarla de conflicto— es una jugada perfecta para quien quiera bajar puntos, frenar reflectores y convertir el concreto en desgaste político.
La historia, además, ya nos la sabemos. Ahí está el relleno sanitario, anunciado con fanfarrias y hoy empantanado en juzgados, amparos y pleitos interminables. Otro proyecto que prometía soluciones y terminó convertido en un cuento de nunca acabar, donde nadie pierde pero todos pagan.
El problema del Ayuntamiento no es que construya puentes, sino que insiste en hacerlo sobre arenas movedizas: promesas mal explicadas, estudios a medias y una comunicación que cree que repetir un slogan sustituye la verdad. Mientras tanto, la ciudad sigue esperando seguridad, claridad y un poco de honestidad.
Porque al final, más que un puente atirantado, lo que parece estar en riesgo es la credibilidad. Y esa, una vez que se cae, no hay obra faraónica que la vuelva a levantar.







