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Un puñado de familias soportó una noche de pesadilla acústica cuando varios policías municipales irrumpieron en una casa próxima a las calles Del Solar y La Galera, armando su propio desmadre con un grupo norteño que soltaba corridos vetados —esos que ensalzan al narco y la violencia, según las reglas que impone la misma Seguridad Pública—. A estos elementos les importó un rábano la jerarquía y, en vez de buscar un rancho o finca apartada como hacen los que pueden pagarlo, optaron por reventar la paz de todo el vecindario con música delictiva a todo volumen.
Exasperados por el estruendo y los bramidos con tufo a cerveza y prepotencia, los vecinos marcaron al 911 exigiendo silencio, pero los primeros refuerzos policiales solo platicaron y se largaron, dejando la fiesta intacta. Ya de madrugada, tras disparos al aire en plan “me vale”, llegaron los militares, acordonaron la cuadra y encararon a los uniformados que se identificaron como activos. Tras un intercambio tenso, los soldados les ordenaron bajar el escándalo y, si querían alardear, que lo hicieran en privado sin joder al barrio. El colmo es que ni el jefe de la policía municipal ni el propio ayuntamiento logran meter en cintura a sus elementos, lo que expone el descontrol interno y avergüenza a toda la corporación: multan a los ciudadanos por ruido o corridos en la calle, pero permiten que su tropa monte tiroteos y fiestones con la misma música prohibida.
Se acerca la Feria del Hueso y, como era de esperarse, arranca el negocio de todo tipo: desde estos días ya se instalan los golondrinos, esos vendedores ambulantes que sí tramitaron sus permisos con la Subsecretaría de Gobernación del municipio. Sin embargo, lo que salta a la vista es un corral con unos ocho ponis frente al panteón en la zona de San George, listos para rentar paseos a niños y generar ganancias rápidas.
Lo preocupante es que, si el Departamento de Gobernación avala esta atracción, solo demostraría que el ayuntamiento consiente el maltrato animal con tal de que unos cuantos se embolsen el dinero; ocho animalitos hacinados en un espacio improvisado no son más que una muestra de cómo la autoridad prioriza el negocio sobre el bienestar, avergonzando una vez más su falta de control y ética.
A veces parece que todo se queda en discursos bonitos, en capacitaciones interminables sobre “cómo debemos hablar” o en ese lenguaje inclusivo que se repite hasta el cansancio, pero que no cambia una sola vida. Se invierte tiempo, dinero y energía en adoctrinar sobre la igualdad, mientras las mujeres siguen huyendo con miedo y sin un lugar a dónde ir.
Pero esta vez, no. Esta vez sí pasó algo distinto.
Por fin, alguien pensó en ellas. En esas mujeres que escapan con sus hijos en brazos, dejando atrás la casa, los recuerdos, y hasta la vida que conocían, solo para sobrevivir. En esas que llegan al refugio con el miedo tatuado en la piel, pero también con la chispa de esperanza que todavía resiste.
Ahí es donde aparecen las casas de transición, una idea que suena sencilla pero que tiene un poder enorme. Espacios donde las mujeres pueden seguir a salvo después del refugio, donde pueden reconstruirse sin sentir que el tiempo se les acaba a los tres meses. Porque no, no se sana un infierno en noventa días.
Y aquí lo curioso —y admirable— es que detrás de este proyecto están dos mujeres de mundos políticos distintos: la regidora Paty Ulate, con su amplia experiencia en el PAN, y Mónica Meléndez, una joven directora del Instituto Municipal de las Mujeres con raíces en el PRI. Dos perfiles que en otro contexto quizá se chocarían en discursos o siglas, pero que aquí encontraron un punto en común: comprender la realidad que viven las mujeres y hacer algo al respecto.
Mientras muchos se llenan la boca hablando de perspectiva de género, o inventan escuelitas para enseñar a los hombres a “comportarse bien”, ellas decidieron actuar. No con pancartas ni hashtags, sino con hechos concretos. Porque de nada sirve repetir teorías sobre la igualdad si no se crean espacios reales donde las mujeres puedan vivir seguras, rehacer su vida, y recuperar su dignidad.
Las casas de transición no son un discurso. Son puertas abiertas, camas limpias, niños durmiendo sin miedo. Son mujeres volviendo a creer en sí mismas, dando pasos pequeños pero firmes hacia una nueva historia.
Y eso sí es hacer bien la chamba.
Porque mientras algunos se dedican a corregir pronombres o a simular empatía en capacitaciones sin rumbo, hay quienes están salvando vidas sin necesidad de micrófono.
Ojalá esta alianza entre Ulate y Meléndez sirva de ejemplo: que no importa el color, el partido ni el currículum, cuando se trabaja con empatía, inteligencia y corazón. Porque al final, las verdaderas políticas públicas no se miden por lo que se dice, sino por las vidas que logran cambiar.
Hoy, gracias a estas mujeres, Chihuahua tiene un refugio más grande que sus discursos: uno hecho de acción, empatía y esperanza.






