Noticias Chihuahua:
En el corazón de nuestra ciudad, los problemas con el alumbrado público persisten como una sombra eterna que ahuyenta la tranquilidad de los vecinos. Calles como Hacienda Agua Nueva y Vallarta se mantienen en penumbras, a pesar de los boletines oficiales que proclaman inversiones millonarias en cambios y mejoras. La gente, harta de promesas vacías, ve cómo la oscuridad no cede, incluso cuando se avecina la Feria del Hueso, un evento que debería iluminar no solo el ánimo, sino las vialidades principales. El alcalde insiste en que se avanza, pero la realidad en el pavimento desmiente cada palabra: fallas continuas que convierten las noches en un riesgo latente.
Y mientras tanto, los recursos públicos fluyen hacia espacios contratados por 600 mil pesos por dos meses, con apenas 20 vistas diarias, replicando boletines que maquillan la ineficiencia. Esto no es más que harina de otro costal, un despilfarro que contrasta con la oscuridad que envuelve a la ciudadanía. ¿Cuántas mentiras más toleraremos antes de exigir luces reales en las calles y no solo en los discursos? La paciencia se agota, y con ella, la credibilidad de quienes prometen cambio sin entregarlo.
¡Mire nomás qué circo de culpas! El municipio y el estado se pasan la pelotita como en partido de veteranos, mientras una doña termina aplastada bajo un portón derruido en el bailongo de Los Tigres del Norte. El ayuntamiento, eso sí, bien puesto para retener lana por corridos prohibidos y soñar con recaudación, pero ¿y la chamba de Protección Civil? Ni una revisadita al estado de los portones; el deterioro los mandó al suelo y casi al hospital a la pobre señora. En vez de asumir el resbalón, lo más probaBle es que señalen el aeroshow como distractor, pero con tantos tropiezos por descuido municipal, no extrañe que un día tengamos un espectáculo aéreo involuntario. Nadie lo quiere, pero la incapacidad del titular actual y el equipo que traen en ese departamento huele a desastre en potencia.
Sin colores ni partidos, la verdad duele: esto no pasaba con el chaparrito Joel Estrada en 2019, cuando andaba prendido en todos lados como comisionado, o con el inolvidable Virgilio, perseguido por Corral pero efectivo. Hoy Protección Civil es un bajo mundo sin resultados, vehículos oxidados y protocolos en el olvido, dejando a todos los chihuahuenses en la cuerda floja. El alcalde presume eventos y boletines, pero la seguridad real brilla por su ausencia. La doña salvó la vida de milagro; ojalá no necesitemos otra tragedia para que alguien tome el toro por los cuernos y devuelva niveles de excelencia a quien debe protegernos, no exponernos.
Hoy, las carreteras, las plazas y las oficinas públicas del país sentirán el paso de quienes rara vez abandonan sus tierras. Los productores del campo mexicano han decidido salir de los surcos y alzar la voz. No lo hacen por capricho, sino por necesidad. La convocatoria encabezada por Eraclio Rodríguez Gómez, “El Yako”, no es un acto de rebeldía aislada: es el síntoma de un campo que ya no aguanta más promesas incumplidas.
El Yako ha llamado a una manifestación pacífica, con responsabilidad y prudencia, pero también con firmeza. Y es que no hay marcha sin razón cuando el maíz no cubre los costos de producción, cuando los intermediarios imponen precios que ni siquiera garantizan la supervivencia, y cuando las políticas públicas se anuncian en conferencias, pero no llegan a las parcelas. Hoy, quienes alimentan a México salen a reclamar algo tan elemental como justicia económica y respeto a su trabajo.
El discurso del gobierno suele repetir que el campo es “prioridad nacional”, pero en los hechos, las prioridades se reparten en otros escritorios. Mientras los grandes monopolios fijan precios y acaparan el mercado, el pequeño productor enfrenta la incertidumbre, la deuda y el abandono institucional. El Yako lo dice con claridad: no piden subsidios ni dádivas, piden precios justos, una demanda que debería ser el punto de partida de cualquier política agraria sensata.
La movilización de hoy es también un termómetro político. Marca el pulso de un México rural que empieza a entender su fuerza colectiva. Si el gobierno elige desoír este reclamo, corre el riesgo de que la inconformidad se transforme en ruptura. Si en cambio escucha, negocia y actúa con sensibilidad, podría convertir esta jornada en el inicio de una reconciliación largamente postergada.
Hoy, el campo no se detiene: se levanta. Lo hace con la autoridad moral de quien produce lo que el país consume y, sin embargo, vive con lo mínimo. Lo hace con dignidad, con cansancio, pero también con esperanza.
Porque, al final, lo que se exige no es privilegio ni caridad: es el derecho elemental a vivir del propio trabajo. Y ese reclamo, tan simple como justo, debería resonar más fuerte que cualquier discurso oficial.







