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A estas alturas, el exdiputado Óscar Castrejón, eterno rival de Luis Rivera Campos, parece que ya no sabe qué inventar para que alguien lo voltee a ver. Como nadie se acuerda de él ni dentro ni fuera de su partido, ahora decidió dedicarse a tirarle en redes sociales al alcalde Marco Bonilla, en un intento desesperado por recuperar cinco minutos de atención. Castrejón olvida que ni en su propia casa política lo quieren y que sus opiniones no mueven absolutamente nada; su impacto es tan nulo que sus mensajes se pierden entre el ruido digital sin alcanzar siquiera la categoría de crítica seria.
En su más reciente arrebato, Castrejón acusa a Bonilla de “inocente” por declarar que estaba en El Paso, Texas, sin enterarse de los presuntos actos anticipados de campaña a su favor en Chihuahua capital, igual que en 2022 cuando las carreras de caballos en El Sauz dejaron once muertos y el alcalde dijo no saber nada. Pero el exdiputado, en su cruzada personal, insiste en que Bonilla miente para ocultar rezagos electorales y que se fue “de compras” aprovechando el Día de Acción de Gracias. Lo cierto es que, más allá del discurso incendiario, la crítica pierde seriedad en la voz de alguien cuyo peso político hoy es inexistente.
Por más que se quiera vestir de espontaneidad ciudadana, hay eventos públicos que terminan revelando más de lo que sus organizadores quisieran. La promoción del pasado sábado, esa bautizada como “Que Bonilla es Chihuahua” en la glorieta de la Diana Cazadora, se anunció como un ejercicio meramente ciudadano, libre de tintes oficiales. Pero bastó con darse una vuelta para comprobar que el cuento no terminaba de empatar con la realidad.
Porque ahí estaban, muy quitados de la pena, varios funcionarios municipales. Entre ellos, la vocera del Municipio, Mariana de Lachica, que no solo se dejó ver, sino que lo hizo con un entusiasmo digno de mejor causa. Con su estilo tan característico —“camotero”, dirían algunos— y un tabaco en la mano que completaba la estampa, la funcionaria se integró sin disimulo a la promoción disfrazada de espontaneidad.
La pregunta inevitable es: ¿forma esto parte de su función pública? ¿O simplemente se trata de esa frontera difusa en la que algunos servidores creen que pueden transitar sin consecuencias? Porque sí, es cierto, cada funcionario puede hacer lo que quiera fuera de horario. Pero la línea se vuelve más borrosa cuando las actividades políticas o propagandísticas arrancan desde las diez de la mañana, justo cuando la ciudad ya está en pleno movimiento laboral.
No es solo la presencia física; es el significado. Cuando un evento se promociona como “ciudadano”, pero termina poblado de voces oficiales, lo que está en juego es la credibilidad del discurso público. Y cuando quienes deberían ser garantes de imparcialidad participan activamente en actos de promoción política, la ciudadanía tiene razones de sobra para cuestionar.
Quizá el fondo del asunto no es si alguien fuma un tabaco a media manifestación, sino el humo político que se pretende vender como incienso ciudadano.







