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La Dirección de Seguridad Pública Municipal no se cansa de sacar brillo a su estrella favorita: el Halcón I, ese helicóptero que promocionan como si fuera la panacea voladora capaz de reemplazar ocho patrullas, recorrer toda la ciudad en media hora y leer hasta el pensamiento de los ladrones de autos. En los videos oficiales parece la escena final de una película de superhéroes: luces, cámara, rotor y la promesa de que, gracias a esa maravilla tecnológica, Chihuahua duerme tranquila. La realidad, sin embargo, es otra: mientras el pájaro de acero hace piruetas para las cámaras, abajo siguen los cristalazos en la avenida Universidad, los asaltos a mano armada en las colonias populares y los cuerpos que aparecen en la salida a Cuauhtémoc sin que nadie, ni de tierra ni de cielo, llegue a tiempo.
Porque tener dos pilotos y cuatro operadores conectados a la Plataforma Escudo Chihuahua suena muy futurista, pero no tapa el agujero: faltan policías en las calles, faltan unidades confiables, faltan ganas de meterse a los barrios donde mandan los de abajo. El Halcón I sí sirve para rescates en carretera y para ambulancia aérea, nadie lo niega, pero usarlo como cortina de humo para disfrazar la inoperancia terrestre es un truco viejo. Al final, modernizar el cielo mientras la tropa sigue con radios que fallan y sueldos que no alcanzan es como instalar internet de fibra óptica en una casa sin techo: luce bonito en la foto, pero no resuelve la tormenta que entra por la puerta. Y los chihuahuenses, hartos de esperar al héroe que nunca aterriza, siguen poniendo candados triples y rezando para que el próximo vuelo del Halcón sea por algo más que un spot publicitario de tv que ya nadie ve.
Pues ande usted a creer, querido lector, que nuestro muy cambiante senador por Chihuahua —sí, ese mismo que hasta hace dos calendarios presumía ser “el primer panista del estado”, pero que hoy luce los colores de Morena con la misma soltura con la que cambia de traje de baño— decidió que lo más urgente para sus redes sociales era presumir su talento como nadador de aguas abiertas.
Porque claro, cuando Sinaloa vive bajo la sombra del crimen organizado y hay colonias que no duermen de puro miedo, lo verdaderamente prioritario es que el senador se aviente un chapuzón estilo influencer de bienestar.
Con gorrita fina, googles relucientes y un trajecito más caro que los tenis del mismísimo narcojunior promedio, el legislador compartió orgulloso su “hazaña”:
Un recorrido de 5.5 kilómetros, de Playa Norte a Isla Venados, que según él completó en 1 hora con 49 minutos.
¡Ah, caray! Ni los guardavidas de Baywatch con presupuesto federal.
Lo curioso es que, aunque él diga que es atleta, disciplinado y casi tritón del Senado, los videos y fotos muestran otra cosa:
más que nadador profesional, parecía un refrigerador con motor tratando de flotar.
Pero vaya, en tiempos de redes sociales, la ilusión es lo que cuenta.
Y mientras presume brazadas y abdominales que solo existen con filtro, uno no puede evitar hacerse la pregunta prohibida:
¿Y en el Senado? ¿Cuántos kilómetros ha avanzado?
Porque ahí sí, el señor no nada… naufraga.
Logros legislativos: cero.
Iniciativas trascendentes: menos cero.
Trabajo para Chihuahua: en veremos.
Eso sí, cuando se trata de chapotear en Mazatlán, presumir cronómetro y posar como atleta olímpico de la Cuarta Transformación… ahí sí no falla una.
Quién sabe, quizá su próxima hazaña sea intentar cruzar del Senado a la congruencia.
Aunque honestamente, ese sí parece un trayecto imposible de completar, ni en hora y media, ni en seis años, ni con salvavidas.
La desfachatez en la clase política ya no sorprende, pero de vez en cuando nos regalan verdaderas joyas para el museo del cinismo. Y esta semana, el regidor de Morena, Miguel Riggs, decidió ponerse creativo… o bueno, “creativo” en su estilo característico: copiar, pegar y justificar.
Después de una semana completa de hacer el “osazo” del año, el buen Riggs apareció muy serio en redes sociales criticando el estado de las calles de Chihuahua. Hasta ahí, nada raro: cualquiera que maneje 10 minutos en esta ciudad sabe que necesitamos amortiguadores reforzados, casco y un rosario en mano.
Pero lo jugoso vino después.
Resulta que el regidor por fin aceptó públicamente que la famosa “ley de movilidad” que presumía como propia era en realidad un copy–paste descarado del reglamento de Guadalajara. Sí, ese que los medios y ciudadanos ya habían descubierto tramo por tramo, coma por coma, tilde por tilde.
Pero lejos de apenarse, Riggs salió con una justificación digna de tesis en la Universidad del Autoengaño:
—Lo copié porque allá ya funciona, y aquí no tenemos ni ley ni reglamento.
Ah, bueno.
Pues entonces que se prepare Guadalajara, porque Chihuahua está a punto de convertirse en su primera sucursal legislativa.
Si extrapolamos su lógica, la “nueva ley” quedaría más o menos así:
Cambiar Guadalajara por Chihuahua (donde aparezca, en singular o plural).
Borrar Jalisco y poner Estado Grande para que se oiga épico.
Donde diga calandrias, mejor poner coches clásicos eléctricos turísticos, porque aquí la creatividad sí cuenta… cuando conviene.
Donde aparezcan bicipuertos, reemplazar por estaciones de bici… cuando haya.
Ciclovías, dejarlas pero con aclaración: “próximamente, si algún día se hacen”.
Y así, con un par de comandos y un curso básico de Word, el regidor convirtió el plagio en “trabajo legislativo”.
¡Hasta Miguel Ángel podría aprender de él: para qué esculpir, si puedes copiar la estatua y luego justificar!
Lo más preocupante no es que haya pegado lo que no escribió, sino que lo diga con orgullo, como si fuera una hazaña técnica:
—Al menos yo estoy haciendo algo.
Y sí, algo está haciendo:
Elevar el nivel de cinismo político a estándares internacionales.
Porque si en un futuro Chihuahua se vale del CRt+c /.CRt+v v más vale rezarle a San Google documents






