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Las lecciones de la ofensiva de Trump contra Canadá

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Noticias Chihuahua:

La amenaza lanzada ayer por Donald Trump a Canadá es un recordatorio brutal de la lógica con la que el presidente de EE.UU. está reordenando el tablero comercial global.

Advertir que impondrá un arancel de 100 por ciento a Canadá si hace efectivo un acuerdo con China no es una discusión técnica ni jurídica: es una señal política con consecuencias económicas inmediatas. En el mundo de Trump, la diversificación de alianzas se tolera solo hasta el punto en que no desafíe la primacía estadounidense. Cuando lo hace, se castiga.

La mayor parte de los expertos duda de la viabilidad de un arancel así porque sería contraproducente para Estados Unidos. Dispararía la inflación y erosionaría cadenas de suministro.

Pero, este episodio sirve como punto de partida para observar las distintas estrategias que han seguido varios países frente a Trump y, sobre todo, los resultados que han obtenido.

No hay una sola fórmula, pero sí patrones claros.

Canadá ofrece un caso particularmente ilustrativo. Bajo el liderazgo de Mark Carney, ha buscado ampliar su margen de maniobra internacional, incluyendo un acercamiento más visible a China. El problema no es la diversificación en sí, sino la profundidad de su integración con Estados Unidos.

Cuando Trump amenaza con un arancel generalizado, no apunta a un sector específico, sino a la economía canadiense en su conjunto, con efectos inmediatos sobre inversión, expectativas y cadenas de suministro. En la lógica trumpista, cualquier acuerdo con China es interpretado como una puerta trasera para eludir su estrategia de contención, y por eso la respuesta es desproporcionada.

Canadá descubre así que diversificar sin reducir dependencia previa implica asumir costos políticos y económicos inmediatos.

Europa juega un juego distinto. La Unión Europea no puede reaccionar con rapidez ni con una sola voz, pero ha desarrollado una estrategia de disuasión estructural. Su respuesta no es el choque frontal, sino la construcción de capacidad de represalia creíble.

Por un lado, mantiene listos paquetes de contramedidas arancelarias de gran escala que se activan o suspenden según el contexto político. Por otro, ha diseñado instrumentos como el llamado ‘Anti-Coercion Instrument’, concebido para responder a presiones económicas unilaterales. No siempre se utiliza, pero su sola existencia funciona como amenaza latente, porque el mercado europeo es demasiado grande para ser ignorado.

El dilema europeo es político: algunos gobiernos prefieren la firmeza y otros la desescalada. Trump apuesta a explotar esas divisiones; la Unión Europea confía en que su tamaño y su marco institucional le permitan resistir.

China, en contraste, ha optado por una combinación de resistencia, sustitución de mercados y política industrial intensiva. Tras años de fricción comercial, Beijing ha aprendido a operar en un entorno de presión permanente.

Los datos recientes muestran una economía sostenida por exportaciones redirigidas a otros destinos y por un fortalecimiento de su mercado interno, aun cuando persisten debilidades estructurales. Más allá de los números, la respuesta china tiene un componente político claro: evitar cualquier gesto que pueda interpretarse como sumisión. Trump presiona; China absorbe el golpe, ajusta flujos y convierte la confrontación en narrativa de fortaleza nacional.

La palanca de la suspensión de ventas de minerales críticos se ha convertido en una pieza fundamental de la estrategia del gobierno chino, que ha rendido frutos.

Brasil ha aprendido otra lección: el factor sorpresa es parte central del método de Trump. Las amenazas arancelarias pueden aparecer sin aviso previo, obligando a reaccionar bajo presión. La estrategia brasileña ha sido mantener abiertas varias vías simultáneas: negociación política, represalias selectivas, diversificación comercial y, cuando es posible, litigio internacional. El aprendizaje es claro: no se trata solo de reaccionar bien, sino de tener respuestas preparadas antes de que llegue la amenaza.

India vive una tensión distinta. Es un socio estratégico de Estados Unidos en el plano geopolítico, pero eso no la inmuniza frente a presiones comerciales. Nueva Delhi ha intentado separar las agendas de seguridad y comercio, pero Trump tiende a mezclarlas.

El resultado es una relación ambigua, donde la cooperación estratégica convive con amenazas arancelarias. La lección para India es incómoda: en el esquema trumpista, ni siquiera la alineación geopolítica garantiza protección comercial.

México ha seguido una estrategia pragmática. Su objetivo central ha sido preservar el marco del T-MEC, ganar tiempo y evitar escaladas generalizadas que dañen inversión, empleo y estabilidad financiera. El propio diseño del acuerdo funciona como amortiguador, pero también como fuente de incertidumbre recurrente.

A diferencia de Europa, México no cuenta con instrumentos de represalia de gran escala. A diferencia de China, no puede redirigir exportaciones con rapidez. Y a diferencia de Brasil o India, enfrenta una negociación en la que comercio, migración y seguridad suelen formar parte del mismo paquete.

Hasta ahora el resultado ha sido positivo aunque el castigo arancelario a sectores como el automotriz, aluminio y acero, así como la incertidumbre permanente, han sido costos con los que se ha tenido que cargar.

La conclusión es dura pero útil. No existe una forma única y correcta de negociar con Trump. Su método cambia según el momento, el adversario y el público al que se dirige.

Sin embargo, hay una regularidad: obtienen mejores resultados quienes combinan capacidad creíble de respuesta, diversificación realista y cohesión interna. Canadá está probando diversificación y pagando el costo inmediato. Europa construye disuasión mientras debate su unidad. China aguanta y redirige. Brasil e India aprenden a no ser sorprendidos.

Para México, el reto es no perder de vista lo esencial. El objetivo no es ganar una ronda mediática ni evitar una amenaza puntual, sino reducir vulnerabilidades estructurales.

En un mundo donde el arancel vuelve a ser instrumento de poder, el verdadero margen de maniobra no se construye en la mesa de negociación, sino fuera de ella: inversión, energía, infraestructura, reglas claras y Estado de derecho.

Ese es el terreno donde se decide la capacidad real de resistir la próxima amenaza, venga en forma de discurso, tuit o ultimátum comercial.

Noticias Chihuahua

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