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Editorial Era y la ausencia de política industrial

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La editorial Era anunció que no publicará nuevos títulos, pero no se trata de un hecho aislado, sino de la constatación de una crisis cada día mayor en la industria mexicana del libro.

En los circuitos literarios, académicos e intelectuales se expresa pesar por el anuncio de Era. No es para menos.

No hay lector actual en México, y no son pocos en otros países, que no deba parte sustantiva de su vocación, conocimiento y sensibilidad a las páginas impresas por Era.

La literatura y las ciencias sociales, la cultura en su sentido más extenso, encontraron en la labor de los editores, autores y diseñadores de Era a la vez un mar de navegación y un faro para seguir con libre albedrío.

Estos días Gerardo Ochoa Sandy (Letras Libres), Rafael Pérez Gay (Milenio) y Martín Solares (Confabulario), entre otros, han escrito con elocuencia sobre la inconmensurable contribución a la cultura en lengua hispana realizada por la editorial que en 1960 fundaron Neus Espresate, Vicente Rojo y José Azorín: Era.

Pero la crisis microeconómica de la editorial Era no se explica sólo por razones de la empresa, sino por las condiciones macroeconómicas en que opera el conjunto de la industria del libro y, también, por las decisiones de políticas públicas —por llamarlas de alguna manera—, que han resultado devastadoras para este pequeño pero valioso sector de la economía.

La producción y la venta de libros están en franco declive en nuestro país. El documento Indicadores del sector editorial privado en México 2024-2025 de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM) señala que en 2024 se produjeron 20 mil 54 títulos, 15 por ciento menos que en 2023.

En cualquier industria, una caída de esa magnitud en la producción indica una situación crítica.

Además de generar menos títulos, en 2024 se editaron menos unidades: 76.4 millones de ejemplares, cuando en 2020 se imprimieron 105.1 millones.

En ese breve periodo, la producción se redujo en más de una cuarta parte (menos 27 por ciento).

Pero antes de la pandemia del Covid-19 se producían 118 millones, así que la contracción es de más de una tercera parte (36 por ciento).

El diagnóstico de la CANIEM sobre el desplome de la producción y las ventas es diáfano, pues la caída es “debida principalmente a la cancelación de la compra que el gobierno hacía a los editores privados para los programas de libros gratuitos”.

A partir del sexenio pasado desaparecieron los pocos instrumentos con que el gobierno alentaba, siempre con presupuestos minúsculos, a la producción editorial.

Se cancelaron programas tan nobles como Biblioteca de Aula y Biblioteca Escolar, a partir de los cuales los editores sometían a concurso sus títulos ante jurados compuestos por maestros y especialistas en educación.

Cuando algún libro era seleccionado, se adquiría por decenas de miles para llegar a las escuelas públicas de primaria y secundaria.

Gracias a ello, los niños y jóvenes de hogares sin libros tenían a su alcance materiales impresos que enriquecerían su acceso al saber.

Y las editoriales pequeñas podían salir adelante, arriesgar con nuevos autores, pagar traducciones, antologías, el oficio de diseñadores, correctores y escritores, de cuya creación depende la bibliodiversidad del país.

Era señaló que ya no existen las librerías por las que llegaba al público.

Mas no se trata de una desaparición fortuita: fue desde la actual dirección del Fondo de Cultura Económica que se ordenó exterminar la red de librerías Educal.

El gobierno dice que explorará cómo ayudar a Era.

Pero lo que se requiere es una política expresa de fomento transparente, no guiada por amiguismos o enemistades, hacia toda una industria compuesta por dos centenares y medio de editoriales.

Es hora, por ejemplo, en que la Secretaría de Hacienda no concreta la promesa incluida en los “100 pasos para la transformación” de 2024, de aplicar una tasa cero de IVA para la cadena de producción del libro.

En este panorama, el peso de los libros importados se duplicó entre 2020 y 2024 y ya representan el 14 por ciento del mercado.

Sólo las grandes empresas que pueden operar con economías de escala, como las editoriales transnacionales, podrán enfrentar los desafíos tecnológicos y de hábitos de consumo hacia la industria del libro.

Tantos años y gobiernos después, la máxima neoliberal de que “la mejor política industrial es no tener política industrial” goza de cabal salud e impera sobre la producción de libros.

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