La administración municipal de Parral parece haber convertido los cambios de gabinete en una constante. Con la salida de la subdirectora de Obras Públicas, Lupita Guevara, y el nombramiento de la arquitecta Andrea Baca, el alcalde Chava Calderón acumula ya alrededor de 30 movimientos entre sus principales colaboradores. Más allá de los nombres, la cifra alimenta la percepción de un gobierno que sigue buscando la fórmula para consolidar un equipo capaz de responder a las demandas de la ciudad.
Cada relevo abre inevitablemente el debate sobre si estos ajustes obedecen a una estrategia para mejorar el desempeño o si reflejan dificultades para mantener estabilidad en la administración. Mientras tanto, áreas clave como Obras Públicas requieren continuidad para planear y ejecutar proyectos de largo plazo, por lo que la ciudadanía espera que los cambios se traduzcan en resultados concretos y no únicamente en una constante renovación de funcionarios.
Hay silencios que pesan más que un discurso entero. Cuando a la regidora Isela Martínez Díaz se le preguntó si el respaldo del diputado Carlos Olson a Ruth Sánchez, tras la revictimización de Marisela Escobedo, representa los valores del PAN, la respuesta fue un manual de supervivencia política: no fijó postura y prefirió adherirse al pronunciamiento de otra compañera de bancada.
En política, esa frase equivale a decir mucho sin comprometerse con nada. Es el arte de aparecer en la conversación sin correr el riesgo de incomodar a nadie. Al final, la responsabilidad termina delegada y la postura propia queda guardada para tiempos menos turbulentos.
Pero Marisela Escobedo no es un tema cualquiera. Su nombre simboliza una lucha por la justicia que marcó a Chihuahua y al país. Por eso, cuando se cuestiona una postura relacionada con su memoria, la ciudadanía espera claridad, no rodeos ni préstamos de opinión.
Lo curioso es que los partidos suelen presumir valores y convicciones, pero cuando llega el momento de respaldarlos con una respuesta directa, aparecen los comunicados compartidos, los «me sumo» y los silencios estratégicos. Decir «sí» o «no» parece haberse convertido en un lujo político.
Al final, la política no siempre se distingue por lo que dice, sino por lo que evita decir. Y cuando una pregunta tan simple termina sin respuesta, el silencio acaba haciendo más ruido que cualquier discurso.
Hubo un tiempo en que buscar la candidatura del Distrito 17 era casi como llegar a una fiesta cuando todavía hay carnitas, refrescos y hasta lugar para estacionarse. Bastaba con ponerse la camiseta azul, sonreír en campaña y esperar que el voto hiciera el resto. Pero las épocas doradas también caducan.
Ahora resulta que el regidor Félix Martínez ya levantó la mano para quedarse con el distrito que hoy ocupa Carlos Olson. El problema es que más que recibir una candidatura, parece que le están heredando un departamento… pero con adeudos, goteras y una demanda en proceso. Olson ha pasado más tiempo siendo noticia por sus declaraciones ultraconservadoras que por recorrer las colonias que representa. Eso sí, cuando el alcalde organiza un evento, ahí aparece puntual, como si el Distrito 17 estuviera exactamente donde colocan el templete.
Así que Félix no heredará una estructura fortalecida, sino la misión de convencer a miles de ciudadanos de que él no es la continuación del diputado que solo recuerda a sus electores cuando hay fotografía oficial. Una cosa es cargar el color del partido y otra muy distinta cargar el historial político de quien deja la silla.
Del otro lado tampoco cantan victoria. Morena perfila a Miguel Riggs, un personaje que convierte cualquier cálculo electoral en una moneda al aire. Si algo ha demostrado la política chihuahuense es que el carisma pesa, pero la operación pesa todavía más. Así que la contienda quizá no la gane quien conecte mejor con la gente, sino —como dicen los viejos operadores— quien «se moje» más durante la campaña… y que cada quien interprete esa expresión como mejor le convenga.
Porque el Distrito 17 dejó de ser aquella «papita» que muchos imaginaban. Hoy parece más una papa caliente: nadie quiere reconocer lo complicado que está, pero todos quieren quedarse con ella.
_________________________________
Durante la última sesión de Cabildo en Hidalgo del Parral, el alcalde Salvador “Chava” Calderón Aguirre y la Junta Municipal de Agua y Saneamiento (JMAS) recibieron un exhorto claro: antes de autorizar nuevos fraccionamientos, verifiquen que los predios cuenten con garantías reales de servicios públicos, especialmente agua potable. La propuesta, presentada por el regidor priista Loreto Arzola, surge de las quejas constantes en colonias por escasez y fallas en la red de distribución. El mensaje es directo: el crecimiento urbano no puede seguir sacrificando la planeación.
Chava Calderón, quien asumió la alcaldía en 2024 y ha mantenido una aprobación relativamente alta (alrededor del 58% en algunas encuestas), enfrenta el reto estructural del agua en una ciudad con infraestructura centenaria. Su administración ha impulsado obras como redes en ejidos, rehabilitación de presones rurales y gestiones con la JCAS para inyectar decenas de millones. No obstante, el exhorto del Cabildo pone en evidencia tensiones: mientras se promueven matrimonios colectivos, escrituras y eventos culturales, el crecimiento desordenado de fraccionamientos amenaza con agravar la presión sobre un recurso ya limitado por la sequía.
El alcalde, quien no descarta la reelección en 2027, tiene aquí una oportunidad para demostrar liderazgo. Exigir factibilidades reales y frenar desarrollos sin respaldo hidráulico no solo responde a las demandas ciudadanas, sino que evita futuros conflictos.
Más allá de exhortos, Parral necesita un plan integral de desarrollo urbano que priorice sostenibilidad. Chava Calderón, conocido por su cercanía y trabajo incansable, debe convertir este llamado del Cabildo en acción concreta. De lo contrario, el fantasma del agua seguirá acechando el futuro de la “Capital del Mundo”.






