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En un estado donde la violencia no da tregua y la ciudadanía exige respuestas concretas, dentro de la Secretaría de Seguridad Pública Estatal hay quienes parecen más cómodos en el ambiente del espectáculo que en la presión de las calles. Ricardo Realivázquez Domínguez, subsecretario de Despliegue Policial, volvió a convertirse en tema de conversación luego de aparecer nuevamente bailando durante el festejo del Día de las Madres organizado para personal de la corporación. Y aunque en redes sociales suele presumir el lema “el jale mata grilla”, lo ocurrido dejó otra impresión: que entre los altos mandos pesa más el “baile, show y brilla” que el trabajo silencioso y efectivo que hoy reclama Chihuahua ante la crisis de inseguridad.
El evento no escatimó en detalles: música, comida, regalos, animación y hasta números que terminaron pareciendo más parte de una fiesta privada que de una dependencia encargada de la seguridad pública. Lo que también llamó la atención fue que el nombre de Realivázquez figuraba entre los perfiles considerados para sustituir a Gilberto Loya al frente de la SSPE, aunque finalmente las versiones internas colocaron a Luis Aguirre como el favorito por su perfil académico. En términos políticos, unos venden preparación y otros carisma, pero todos estaban dentro de la misma disputa por el poder. Mientras tanto, los ciudadanos siguen observando cómo la grilla interna, los reflectores y el protagonismo avanzan más rápido que los resultados en materia de seguridad.
Resulta cada vez más interesante la exposición nacional que ha comenzado a tomar María Eugenia Campos Galván, gobernadora de Chihuahua, particularmente en los círculos políticos de la Ciudad de México, donde aseguran que su nombre ya aparece constantemente en las mesas de análisis y operación. Y no precisamente por casualidad. Dentro del tablero político nacional, algunos sectores comienzan a verla como una de las pocas figuras con capacidad de darle oxígeno al PAN frente al desgaste que, aseguran, empieza a reflejar el gobierno federal tras una serie de decisiones polémicas, conflictos internos y señalamientos sobre presuntas relaciones incómodas de personajes cercanos al poder. A eso se suma el factor internacional, donde la presión política impulsada por Donald Trump y sus discursos contra ciertos grupos y personajes mexicanos también comienza a mover piezas dentro del ajedrez nacional.
Por eso no son pocos los que consideran que desde el centro del país existe interés en frenar el crecimiento político de Maru Campos antes de que logre consolidarse como una figura competitiva rumbo a futuras elecciones presidenciales. La intención, comentan en el ambiente político, sería ponerla bajo presión constante o limitarle el margen de maniobra para evitar que crezca como una opción fuerte de oposición. Sin embargo, también se habla de respaldos importantes que ven en ella una posibilidad para reorganizar a un país que, según sus críticos, atraviesa un desgaste institucional y político cada vez más evidente bajo el dominio del color guinda. Y mientras Morena enfrenta señales de desgaste en distintos frentes, hay quienes dentro de la oposición creen que todavía existe una oportunidad para reconstruir un proyecto político competitivo y volver a encender una luz al final del túnel.
Hay fotos que valen más que mil discursos, y luego está la pasada marcha de Morena en Chihuahua, esa que pretendía vender la postal de un partido compacto, unido y marchando al mismo ritmo rumbo al 2027. Pero bastó observar unos metros del contingente para descubrir que la “transformación” también tiene sus tribus, sus recelos y, sobre todo, sus egos.
Porque sí, ahí venían las figuras nacionales, la poderosa secretaria de Bienestar, Ariadna Montiel Reyes, y el heredero político del obradorismo, Andrés Manuel López Beltrán, encabezando la marcha que Morena organizó contra la gobernadora panista. La narrativa era clara: músculo, unidad y fuerza territorial. Pero el libreto se les empezó a romper cuando aparecieron los actores locales.
Porque aunque en el presídium todos sonrieron como familia en bautizo —de esos donde se odian los primos pero salen abrazados en la foto—, en el terreno real las cosas se vieron distintas. Ahí estaban el alcalde juarense Cruz Pérez Cuéllary la diputada federal Brenda Ríos Prieto, sí presentes, sí marchando, sí disciplinados… pero con una sana distancia política del contingente central. Como quien dice: “sí vine a la fiesta, pero no me siento en tu mesa”.
Y es que a estas alturas ya ni siquiera es secreto de pasillo que el grupo de Andrea Chávez Treviño no despierta precisamente suspiros de simpatía entre varios liderazgos morenistas en Chihuahua. La senadora con licencia trae estructura, reflectores y padrinazgos nacionales, mientras Cruz sigue apostando al territorio y al peso de la frontera. Hasta públicamente se han mandado mensajes con aroma a pólvora política: cuando desde el centro prácticamente quisieron “destapar” a Andrea rumbo al 2027, Cruz respondió con un elegante pero clarísimo: en Chihuahua mandan los chihuahuenses, no los de fuera.
Y ahí está el detalle que Morena parece empeñado en maquillar con cinta adhesiva: la unidad se presume, pero la división se administra.
Porque si algo dejó claro esa marcha es que dentro del movimiento hay equipos, parcelas y jefaturas regionales que ya están jugando la interna. No era un solo contingente; eran varios marchando en la misma dirección, pero viendo de reojo quién llevaba más gente, más porras y más músculo político. Como desfile escolar donde todos quieren ir al frente de la banda de guerra.
Eso sí, sería absurdo minimizar a Cruz y Brenda. Guste o no dentro de Palacio o de las oficinas partidistas, ambos siguen siendo piezas competitivas para Morena en Chihuahua: él para la gubernatura, ella para la capital. Y aunque algunos operadores anden empeñados en construir candidaturas desde TikTok o desde la bendición centralista, las campañas todavía se ganan con estructura, operación y presencia territorial. Las encuestas internas, por cierto, siguen colocando a Cruz como un perfil fuerte dentro de Morena, aunque la competencia con Andrea esté lejos de resolverse.
Y luego estaba el otro personaje del paisaje: Juan Carlos Loera de la Rosa.
Ah, Loera.
Ese político que parece vivir en una campaña eterna por reconquistar un cariño que simplemente nunca termina de cuajar. Ahí andaba, presente, visible, disciplinado, intentando recordarles a todos que sigue existiendo políticamente. Pero el problema de Loera no es aparecer; es conectar. En un Morena donde todos pelean reflector, él parece condenado al ingrato papel del invitado que nadie corre, pero tampoco nadie espera con emoción. Y eso, para alguien que ya fue candidato a gobernador, es más cruel que cualquier crítica de oposición.
La gran ironía de la marcha es que mientras el discurso oficial pedía cerrar filas, la imagen real mostraba otra cosa: un Morena partido en pequeñas repúblicas internas, todas jurando lealtad al mismo movimiento… mientras afilan cuchillos para la sucesión.
Porque en política hay algo peor que un enemigo enfrente: un compañero de partido caminando demasiado cerca… y sonriendo demasiado bonito.






