Noticias Chihuahua:
El mundo vive tiempos disruptivos, donde todo apunta hacia el regreso del imperialismo. Las grandes potencias y la conformación de bloques nos remiten a los momentos más crudos de la Guerra Fría en el siglo XX, pero al mismo tiempo, al colonialismo bestial del siglo XIX.
Sin tapujos ni pruritos, el presidente de Estados Unidos amenaza a países, a líderes y a territorios extranjeros, bajo el argumento atroz de la fuerza, de la violencia y de los intereses de su nación.
Parece que nos despedimos de la era del derecho internacional, los organismos multilaterales ante la evidente fragmentación de Occidente.
Las leyes se pisotean, se atropellan acuerdos internacionales, se desdibujan las alianzas que resultaron de la Segunda Guerra Mundial. La tiranía está de vuelta con sociedades insatisfechas, insaciables, antiglobales.
En este contexto, la adecuada lectura de los hechos, de las intenciones, de los discursos, es fundamental para definir dónde está México y dónde quiere estar.
El gastado discurso de la soberanía, del respeto al derecho y a las libertades, no responde al momento histórico que vivimos.
Algunos dicen que lo mejor para México sería aceptar la “ayuda” norteamericana para la eliminación del narcotráfico. De una vez y por todas, aprovechar su tecnología y su superioridad operativa de inteligencia para lanzar operativos que terminen con las células, los liderazgos, los laboratorios.
Otros, envueltos en la bandera y el patriotismo, afirman que es inadmisible un tipo de cooperación que nos conduzca a operaciones estadounidenses en suelo mexicano, lo que representaría una renuncia a nuestra identidad y un abandono de la soberanía.
Tal vez son argumentos exagerados.
Lo que es un hecho es que nuestro vecino, socio, “aliado” —en unas sí, pero en otras no— insiste continuamente en un poder extralimitado del narcoterrorismo —así descrito por Washington— en México. De vínculos y relaciones entre políticos mexicanos y partidos con criminales.
El gobierno de la presidenta Sheinbaum ha prestado caso omiso a reportes del Departamento de Estado que supuestamente vinculan a miembros de Morena con esas organizaciones criminales.
La pregunta ineludible es: ¿hasta cuándo?
México no es, por su historia, raíces y cultura, un territorio susceptible de convertirse en un “Estado Asociado” de la Unión Americana. Es radicalmente contrario a nuestros principios. Pero la vecindad geográfica nos ha colocado a lo largo de la historia en la inevitable condición —para otras naciones en el mundo envidiable— de sostener acuerdos, tratos, relaciones, intercambios, etcétera.
El desafío de la historia hoy para Claudia Sheinbaum, su partido y los líderes del país es: ¿dónde nos vamos a parar?
Lo mejor para México es la colaboración, la cercanía sin sumisión —como atinadamente ha dicho la presidenta—, el fortalecimiento de la alianza en lo comercial, pero sobre todo en materia de seguridad.
Y aquí es donde entramos en problemas, porque Trump quiere una frontera absolutamente segura, sin sustancias ni migrantes, sin túneles ni contrabando.
El gobierno mexicano ha realizado un lento viraje en el combate al narcoterrorismo, abandonado flagrante y criminalmente por la administración anterior.
Hoy vivimos las consecuencias de la inactividad cómplice de Andrés Manuel.
¿Cuántos políticos en activo del PRI, del PAN, del PVEM y de Morena están vinculados con el narcotráfico? ¿Cuántos son o han sido protegidos y encubiertos por un cínico velo de impunidad, al estilo de La Barredora en Tabasco?
La grave decisión de Claudia radica en la vieja dialéctica entre el pragmatismo y la ideología.
¿Qué ganará, señora presidenta? ¿Qué es mejor para México?
Nadie afirma que nos sometamos a las directrices de Washington y de la Casa Blanca, ni mucho menos, que nuestras Fuerzas Armadas estén bajo el mando del Pentágono.
Pero existen muchas áreas de colaboración estratégica, inteligente, que se pueden fortalecer sin la abyecta sumisión.
La clave está en asumir una decisión de fondo, de principio y convicción para desmantelar cárteles, narcopolítica, alianzas, pactos y controles territoriales.
Eso significa abrir la caja de Pandora: todos los pecados, las penas y los vicios en la clase gobernante, incluidas las Fuerzas Armadas, ante la justicia.
Una auténtica cruzada antinarcoterrorismo, narcopolítica, narcohuachicol. Solo eso podría colocarnos en una situación de cierta solidez frente a un vecino hostil, agresivo, violento y envalentonado.
Si prevalece la ideología, el recurrente mensaje de la soberanía, y se permiten todos los excesos, negocios, vinculaciones entre políticos y narcotraficantes, impunidad insultante a los mexicanos, la paciencia del vecino será limitada y a cuentagotas.
¿Dónde nos coloca esa postura? En la vulnerabilidad de un T-MEC edulcorado y ligero, que no crezca ni fortalezca las cadenas y termine con la decreciente credibilidad y certidumbre de los inversionistas.
Lo mejor para México es trabajar en conjunto, colaborar con disposición e inteligencia, pero con juego abierto. Sin proteger a los malosos que se han multiplicado, extendido y penetrado todas las esferas del poder.







