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El ejido El Sauz amaneció convertido en un teatro de guerra: patrullas, sirenas y rifles de alto poder irrumpieron como un trueno en una comunidad que llevaba meses viviendo bajo la sombra de retenes ilegales y balazos al aire libre. Lo que comenzó como una denuncia ciudadana por hombres armados bloqueando caminos escaló en minutos a un enfrentamiento directo cuando los agresores recibieron con plomo a los elementos de la Fiscalía y la Secretaría de Seguridad Pública. Diez sujetos terminaron boca abajo y esposados, cuatro armas largas, dos cortas, un BMW blindado y una camioneta más quedaron asegurados, junto con droga que ya nadie podrá distribuir hoy. Por primera vez en mucho tiempo, la Policía Municipal y la Fiscalía del Estado no llegaron a levantar cadáveres, sino a prevenirlos.
Y ahí está la clave que muchos se resisten a reconocer: cuando las corporaciones locales desquitan de verdad el sueldo y trabajan hombro con hombro con sus pares estatales, los resultados no son discursos ni estadísticas maquilladas, sino delincuentes neutralizados y comunidades que respiran aliviadas. El Sauz no es un caso aislado; es la prueba de que la coordinación real, sin excusas ni simulaciones, sí desmantela células que se creían intocables. Que este despliegue masivo se repita las veces que sea necesario, porque la ciudadanía ya no pide promesas: exige que el Estado recupere el territorio centímetro a centímetro, y ayer, por fin, lo vimos suceder.
Mucho presumen en el Municipio de Chihuahua de sus “finanzas sanas”, tan sanas que casi hacen yoga fiscal, meditación contable y ayuno presupuestal. Según eso, cuentan con tantos recursos propios que uno esperaría ver obras faraónicas, puentes que leviten o por lo menos baches que no parezcan cráteres lunares. Pero bueno, la realidad, como siempre, viene a ponerlos en su lugar.
Ayer aprobaron la Ley de Ingresos 2026 y, para sorpresa de nadie excepto del propio Ayuntamiento, el aumento fue de… chan chan chan chaaaan… poco más de 200 milloncitos. Sí, de esos que se pierden entre la combustión espontánea de postes, la compra de lonas motivacionales y la eterna remodelación de la misma banqueta.
Así que el flamante presupuesto 2026 quedó en 7 mil 342 millones de pesos, que frente a los 7 mil 111 millones del 2025, pues apenas y levanta ceja. Ya ni para presumir en redes sociales con fotito, dron y música épica.
La diferencia es tan pequeña que si el presupuesto fuera alberca olímpica, Chihuahua capital estaría chapoteando en la orillita con flotis.
Pero en la frontera… ¡ah, en la frontera sí saben presumir! Allá los regidores de Ciudad Juárez salieron con ese glamour presupuestal que solo ellos pueden lucir: presentaron un proyectito modesto de 10 mil 797 millones 701 mil 182 pesos. Sí, leyó usted bien. Y por si fuera poco, con un incrementito de 1,162 millones 92 mil pesos, nada más un 12% más que el año pasado.
Eso ya no es Ley de Ingresos, es un “mírame, Chihuahua capital, mira cómo se hace”.
Y claro, surgió el comentario inevitable, ese comparativo tan mexicano, tan de sobremesa, tan de WhatsApp familiar:
¿Quién lo tiene más grande?
Presupuesto, obvio… aunque en términos políticos, muchas veces da igual: algunos con mucho hacen poco y otros con poquito hacen menos.
El caso es que mientras Chihuahua capital anda presumiendo salud financiera con presupuesto de dieta keto, Juárez se pasea como fisicoculturista municipal, con bíceps marcados y números que sí se notan.
Así que ahora sí, nada que presumir acá. Y allá, pues ojalá que tanto presupuesto no termine en obras eternas, parques invisibles o auditorías que duelen más que un jalón de orejas. Porque al final, de nada sirve tenerlo más grande… si no se sabe usar.
Miguel Riggs volvió a hacer lo que mejor le sale: convertirse en protagonista de su propia tragicomedia política. Ahora resulta que el regidor sancionado —sí, ese mismo al que el Órgano Interno de Control le recetó 30 días de suspensión sin goce de sueldo por violencia en razón de género— salió en redes sociales para declarar que “va a acatar, pero no lo van a callar”.
Redes sociales, por cierto, que solo ve él y dos tíos que todavía le comentan “Échale mijo, Dios contigo”.
Riggs, con su elocuencia habitual, aseguró que qué casualidad que la sanción llega justo después de aprobarse la Ley de Ingresos. Como si fuera un thriller político internacional y no simplemente la consecuencia de sus propias andanzas verbales.
Porque aquí entre nos: si de casualidades hablamos, la única coincidencia es que cada vez que abre la boca… sube el rating del OIC.
Desde su púlpito digital —que más bien parece sala de espera— Riggs se autoproclamó defensor de la verdad, mártir de la libre expresión y paladín del “no me van a callar”, como si alguien estuviera haciendo fila para escucharlo. Sí lo van a callar, pero por reglamento. No por censura, sino por suspensión de 30 días. Que no es lo mismo, pero aplica igual: no cobre, siéntese, piense.
Y ojo: no es que esta noble casa editorial quiera ensañarse con él. ¡Por favor! Nosotros jamás nos burlaríamos de alguien que ya es burla nacional por mérito propio. Si se ríe el país entero, ¿cómo no se va a reír Chihuahua?
Vamos poniendo las cartas sobre la mesa: Riggs no necesita adversarios políticos, necesita un community manager que le diga “no publiques eso”. O mínimo un amigo sincero que le suelte un “compadre, ya siéntese”. Pero no. Él sigue firme, convencido de que una sanción de 30 días lo convierte en héroe rebelde… cuando más bien parece influencer castigado por subir un TikTok inapropiado.
Y todavía se pone de pechito: cada declaración es un regalo para los guiones de sátira política. Ya hasta podrían declararlo patrimonio humorístico municipal.
Mientras tanto, el expediente del OIC es contundente, la suspensión está en pie, y Riggs sigue alegando en su universo digital paralelo, donde él es incomprendido, víctima de “casualidades” y dueño de una audiencia tan exclusiva que cabe perfectamente en la cabina de un Uber.
Pero bueno… él dice que no lo van a callar.
Y nosotros decimos que ojalá no lo callen.
Las risas no faltan.






