Noticias Chihuahua:
En el angosto pasillo del Air Force One, donde el zumbido de los motores suele acallar los secretos de poder, el presidente Donald Trump desató este viernes un vendaval de misoginia cruda que reverberó como un trueno en el cielo de Washington, mandando al silencio con un dedo acusador y un insulto porcino a Catherine Lucey, la corresponsal de Bloomberg que osó perforar el velo de sus evasivas sobre los archivos de Jeffrey Epstein. “Silencio. Silencio, cerdita”, espetó el magnate con voz caricaturesca, inclinándose hacia ella como un depredador acorralado, mientras la reportera persistía en su dardo: ¿por qué eludir la desclasificación de documentos que mencionan su nombre en correos del pederasta si “no hay nada incriminatorio”? El incidente, capturado en un video que se viralizó como gasolina en llamas, no fue un lapsus de mal humor: era el rugido de un hombre que, ante la presión inminente de un voto congressional para obligar al Departamento de Justicia a soltar los papeles del financista muerto en 2019, prefiere el garrote verbal a la transparencia, un eco siniestro de sus lazos pasados con Epstein –fiestas en Mar-a-Lago, elogios mutuos y un “deseo de buena suerte” en 2002 que ahora huele a complicidad enterrada.
Este exabrupto no cae en el vacío: llega en el filo de una votación histórica en la Cámara de Representantes, donde republicanos y demócratas han forzado la mano de Trump para desenterrar los archivos que podrían exponer no solo al fallecido Epstein, sino a una constelación de élites que bailaron en su red de abusos, desde correos de 2011 donde el pederasta jura que Trump “conocía su conducta” hasta presiones del liderazgo GOP para archivar el escándalo. Lucey, con su pluma afilada en la Casa Blanca, no era la primera en morder: horas antes, Trump tildó de “pésima reportera” a Mary Bruce de ABC, amenazando con revocar la licencia de la cadena por atreverse a indagar por qué no ordenó la publicación unilateral, optando por ceder ante el Congreso como un rey que disimula su debilidad con fanfarronadas. Críticas llueven desde el gremio periodístico –“Imaginen a cualquier otro presidente soltando eso”, claman en X– hasta aliados que susurran de un Trump “nervioso con razón”, un patrón de ataques a mujeres que cuestionan –desde “sangre de caballo” en debates hasta “nasty women” en mítines– que pinta no solo al bully eterno, sino a un Ejecutivo que ve la prensa no como cuarto poder, sino como cerda a domar. En las venas de una democracia que sangra por sus grietas de accountability, este “silencio, cerdita” no es anécdota: es el himno de un régimen que prefiere el chiquero al candor, jurando que los archivos de Epstein, una vez libres, podrían ser el detonante de un juicio que no perdona ni a los intocables.
🇺🇸🐷 | En el Air Force One, Trump mandó a callar a una reportera que le preguntó por los archivos de Epstein, llamándola “cerdita”, antes de continuar con otras consultas. pic.twitter.com/opFGvnAv3L
— Alerta Mundial (@AlertaMundoNews) November 18, 2025






