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Morena decidió expulsar de manera definitiva a Hernán Bermúdez Requena, conocido como “Comandante H”, después de que se le relacionara con actividades criminales y con una organización violenta que operaba en varios municipios. La decisión fue presentada como una medida firme para evitar que personas vinculadas al crimen sigan dentro del partido.
Bermúdez había ocupado puestos importantes de seguridad durante años y fue señalado por presuntos delitos como extorsión, secuestro y asociación delictuosa. Esto generó una fuerte preocupación porque había tenido acceso a información delicada y operativos policiacos.
Dentro del partido, la expulsión provocó tensiones, pues su nombramiento en el pasado fue respaldado por figuras importantes. Esto abrió una discusión interna sobre la responsabilidad política en la selección de funcionarios de seguridad.
La dirigencia nacional afirmó que la decisión no fue negociable y que Morena no cubriría a nadie involucrado en delitos. También insistieron en que este tipo de depuraciones son necesarias para proteger la credibilidad institucional.
Para muchos analistas, el caso expone cómo algunos funcionarios pueden usar sus cargos para operar al margen de la ley, aprovechando el poder que les da un puesto público. Eso ha alimentado el debate sobre la vigilancia interna en los partidos.
La presunta relación de Bermúdez con un grupo criminal fue considerada especialmente grave, porque se trataba de una organización con antecedentes violentos y con conexiones profundas dentro del crimen organizado.
Algunos especialistas temen que esta expulsión pueda provocar reacomodos dentro del grupo criminal, pues perderían a uno de sus enlaces más fuertes dentro del ámbito político. Esto podría desatar disputas internas.
Mientras tanto, ciudadanos y organizaciones civiles han exigido que el caso no quede solo en una expulsión política, sino que se realicen investigaciones a fondo para esclarecer responsabilidades.
La expulsión envía un mensaje claro: Morena intenta mostrar que no tolerará a miembros que puedan poner en riesgo sus estructuras internas o su imagen pública. Aun así, quedan preguntas sobre cómo llegó tan lejos dentro del partido.
Este caso reaviva el debate sobre la infiltración del crimen organizado en la política mexicana y los desafíos que representa para la seguridad y la gobernabilidad.






