Noticias Chihuahua:
En estos aciagos días de intervencionismo atroz y atropello del derecho internacional, no han faltado las comparaciones entre México y Venezuela. Incluso para aquellos, ilusos que aplaudirían un operativo semejante al que implementó Estados Unidos en contra de Maduro. Que vinieran a deshacerse de todos los narcos mexicanos y de todos lo políticos cómplices ligados al crimen organizado.
Existen múltiples, enormes e infinitas diferencias entre ambos países, en dimensiones tan distintas como la institucional –ciertamente en deterioro creciente en México bajo el gobierno de Morena– o la industrial, o la empresarial, pero incluso simplemente la política en términos de fuerzas de oposición, hoy disminuidas, pero con trayectoria y experiencia en México.
Pero ante todo, la más importante, radica en la estrecha y profunda relación con Estados Unidos.
No sólo somos vecinos, socios, aliados –incluso en estos tiempos polarizados– sino además compartimos poblaciones de millones de habitantes que son de ambos países.
Pero vamos a lo relevante: Claudia Sheinbaum ha sido una excelente colaboradora del gobierno de Trump. En términos fronterizos, migratorios, comerciales –ya nos alineamos incluso en aranceles contra China– pero sobre todo de seguridad y combate al narcotráfico.
A diferencia de su antecesor, la presidenta actual comprendió que no podía tener cartas de negociación frente a Trump si no lanzaba operativos, detenciones, arrestos y confiscaciones a la organizaciones del narco.
El problema después de la intervención el sábado y la extracción de Maduro, es que Trump quiere más.
Su interés –revise usted en detalle la conferencia del sábado pasado donde habla de petróleo y energía 18 veces, y ni una sola vez menciona la palabra democracia– está concentrado en lo que va a obtener de Venezuela. Y eso es petróleo, en grandes y poderosas cantidades que, además, ya no irá a China -otro factor de poder y palanca de presión- sino que controlará Washington.
Pasadas las primeras 72 horas del operativo, extraordinariamente exitoso hay que subrrayar en términos logísticos y militares, se han revelado ya diferentes variables.
No establece un gobierno diferente, ¡deja a los mismos! Delcy Rodríguez jurada ayer como presidenta de Venezuela, fue la vicepresidenta de Maduro y estrecha colaboradora de Chávez. No hay un solo alto mando de las célebres y corruptas fuerzas armadas bolivarianas, detenido por Estados Unidos, nadie más que Maduro y esposa.
A Trump no le interesa administrar el país, ni instalar un gobierno interino que impulse y establezca mecanismos democráticos para recuperar la vida institucional después de un régimen dictatorial. No quiere repetir los casos de Iraq o de Afganistán, cuyas intervenciones americanas fueron desastrosas en todos los sentidos, además de la enorme deuda que generaron al Tesoro estadounidense.
A Trump le interesa el negocio, la ganancia, el petróleo. Lo que va a poder extraer del subsuelo venezolano, la inversión para hacer más eficiente la deteriorada industria petrolera y explotar las ganancias por todo lo alto.
Para hacerlo, resulta mucho más simple entenderse con la exvicepresidenta y corresponsable del fraude electoral que mantuvo a Maduro en el poder después de perder las elecciones.
Este no es un tema de justicia social o libertad democrática. Es un tema económico, de poder y de control de las terceras –algunos afirman que las segundas sólo después de Aarabia Saudita– reservas probadas de crudo en el planeta.
Si en Venezuela se queda la revolución bolivariana al mando, si no se convocan elecciones en los siguientes tres años, si no se liberan presos políticos o reestablecen garantías de prensa, de movimiento, de tránsito, de tantas otras pisoteadas por la dictadura chavista, a Trump, Rubio, Hegseth y otros miembros del gobierno estadounidense, les da exactamente lo mismo.
La retórica oficial es que fue detenido un criminal internacional acusado de narcoterrorismo que inundó Estados Uniddos con droga. Tal vez sea cierto, pero lo hechos señalan que el interés de control energético es mucho más poderoso.
Para México en este contexto hay riesgos y áreas de extrema vulnerabilidad.
Donald Trump ha sido extremadamente generoso y lisonjero en su trato a Claudia Sheinbaum, pero no ha dejado de decir incansablemente que el control de México lo ostentan los cárteles del narcotráfico.
Parte de los interrogatorios a Maduro consistirá en que revele su relación con otros líderes de la región, no vayan a aparecer por ahí los notables nombres de algunos mexicanos.
Trump está en la posición envalentonada y bravucona que le conocemos de exigir condiciones a la presidenta a cambio de no lanzar operativos en contra de cárteles, líderes o incluso, políticos.
La única salida para México es la colaboración, en todas las áreas: en inteligencia, en operativos militares, en efectivos mexicanos guiados por información clasificada de Estados Unidos. Si en el gobierno de México alcanzan a comprender esta básica premisa, tal vez, sólo tal vez, nos libremos de un operativo al estilo Venezuela.







