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En un arrebato de plomo que perforó la quietud del amanecer chihuahuense, un joven de 25 años desafió a la muerte con la ferocidad de un superviviente acorralado, escapando herido de gravedad de un ataque armado que transformó la colonia Granjas de Santa Cruz en un campo de batalla improvisado este martes 19 de noviembre. Alrededor de las 06:30 horas, cuando el sol apenas rozaba los techos de la zona norte de la capital, el víctima –un trabajador de la construcción con manos callosas y sueños truncados– rodaba en su camioneta Nissan NP300 blanca por la calle 24 de Junio y avenida De las Torres, ajeno al depredador que lo acechaba: un sicario solitario, envuelto en el anonimato de una motocicleta negra y casco integral, surgió como un espectro vengador para descargar al menos cinco disparos de pistola calibre 9 mm contra el vehículo en movimiento, perforando la carrocería y lacerando el costado izquierdo del conductor con una herida que sangra como acusación viva. El joven, con el instinto de quien ha olfateado el abismo antes, aceleró entre el estruendo de balas y el chirrido de llantas, arrastrando su agonía hasta un taller mecánico cercano donde el pánico de testigos alertó al 911, un salvavidas que llegó en forma de paramédicos de la Cruz Roja, quienes lo estabilizaron en el asfalto caliente antes de evacuarlo al Hospital Ángeles con pronóstico reservado, donde cirujanos luchan contra la hemorragia que amenaza con robarle no solo sangre, sino el aliento de la justicia. Este asalto no es un relámpago caprichoso: en Chihuahua, donde el narco teje su red en colonias obreras como Granjas de Santa Cruz, huele a ajuste de cuentas por deudas invisibles o lealtades traicionadas, un eco siniestro de las ejecuciones que salpican la urbe como grafitis de muerte.
La respuesta policial no se hizo esperar, pero llegó tarde al festín de la violencia: elementos de la Policía Municipal acordonaron la escena con la urgencia de un ritual profano, recolectando casquillos como reliquias de un crimen que el fiscal de la Zona Centro, Heliodoro Araiza, tildó de “cobarde y premeditado” en un boletín que promete balística federal y videocámaras del C4 para cazar al moticiclista fantasma que huyó hacia el Periférico Oriente, dejando un rastro de neumáticos quemados y miedo contagioso. Mientras la Fiscalía General del Estado teje su red de testigos temblorosos –vecinos que juran haber oído el rugido de la moto como un presagio–, el joven baleado, aún en quirófano, se convierte en mártir involuntario de una ciudad que sangra por sus grietas norteñas, donde el amanecer trae no luz, sino balas perdidas que siegan jornaleros inocentes. Autoridades estatales, con el secretario de Seguridad Pública Gilberto Loya en alerta roja, despliegan retenes que custodian avenidas como fortalezas asediadas, pero el pueblo sabe la verdad amarga: en Chihuahua, escapar de un ataque armado es victoria pírrica, un respiro efímero en un ciclo donde el CJNG y sus sombras extorsionan no solo plazas, sino el pulso mismo de la supervivencia diaria. La familia del herido, reunida en una capilla improvisada con velas que parpadean contra la brisa fría, clama por un escudo que trascienda operativos: inteligencia que prevenga y justicia que no olvide, un juramento que une a Granjas de Santa Cruz en un rugido colectivo contra la impunidad que convierte calles en ruleta rusa. En las venas polvorientas de esta frontera indómita, donde el desierto guarda secretos de plomo, el escape milagroso de este joven no es cierre, sino catalizador de furia: que las balas del sicario motero sean las últimas en perforar sueños, o la rabia de las colonias estallará como incendio que nadie apagará.







