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En un espectáculo de fuego purificador que estremeció los cielos de Chihuahua, la Fiscalía General de la República (FGR) aniquiló de un plumazo más de 880 kilogramos de sustancias prohibidas, arrancadas de las garras del crimen organizado en redadas fulminantes tanto en Ciudad Juárez como en la capital del estado. La hoguera monumental no dejó ni rastro de la pesadilla química que amenazaba con inundar las calles.
El menú de la destrucción fue un cóctel letal: toneladas de marihuana compacta, bolsas repletas de cocaína pura, cristales brillantes de metanfetamina y dosis mortales de heroína, acompañadas por barriles de precursores químicos que servían de materia prima para los laboratorios clandestinos. Cada gramo representaba una bala esquivada a la juventud chihuahuense, ahora reducida a humo bajo el sol implacable.
La ceremonia de incineración contó con un jurado de lujo: militares con mirada de halcón, policías estatales en formación impecable y funcionarios de la Secretaría de la Función Pública que certificaron cada paso con precisión quirúrgica. Cámaras y actas sellaron la transparencia del evento, demostrando que la justicia no solo persigue, sino que borra con fuego cualquier tentación de reciclaje delictivo.
Este golpe ardiente se suma a la ofensiva implacable contra los carteles que ven en Chihuahua un corredor dorado. Las llamas no solo devoraron droga, sino también la arrogancia de quienes creían intocables sus bodegas secretas. La FGR envía un mensaje calcinante: lo que se confisca, se quema, y punto final.
Mientras las brasas aún humeaban, las autoridades prometieron que esta no será la última pira. Chihuahua respira más limpio hoy, pero la guerra sigue: cada kilo incinerado es un paso hacia calles libres de la sombra narco que por años intentó devorar el futuro de la entidad.







