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Et tu, Europa? (Arturo Sarukhan)

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Noticias Chihuahua:

La frase “los estadounidenses son de Marte y los europeos de Venus” fue acuñada en 2003 por el politólogo Robert Kagan en su libro “Del paraíso y el poder”, cuando la burbuja del optimismo del deshielo bipolar y la hiper-hegemonía estadounidense de la posguerra fría se reventaron con los ataques terroristas de 2001. El argumento central de Kagan, que captura nítidamente el momento en que buena parte de Europa -con la excepción particular del Reino Unido bajo Tony Blair- pasó de la solidaridad incondicional con los Estados Unidos de George W. Bush al escepticismo (legítimo) y las reservas ante la invasión a Afganistán y luego a Irak, era que la política exterior trasatlántica difiere fundamentalmente a uno y otro lado de ese océano. La metáfora sugería que los estadounidenses se centraban en una visión hobbesiana del mundo privilegiando el poder militar, mientras que los europeos privilegiaban la diplomacia y la cooperación en un mundo más transaccional.

Más de veinte años después, EE.UU parece doblar su apuesta marciana, dispuesto a ceder esferas de influencia a sus dos rivales geoestratégicos: para Rusia Europa y para China el sureste de Asia, mientras maltrata a sus socios transatlánticos más cercanos. De paso, la Administración Trump también ha lanzado una guerra total contra valores trasatlánticos, amenazando y troleando a sus socios o interviniendo en su política interna, desmantelando sus propios pilares de democracia liberal y abandonando su papel histórico como la piedra angular de un sistema internacional basado en reglas. Y ya no es como una historia de dos planetas; es como si hoy EE.UU y Europa no estuvieran ya siquiera en la misma galaxia, con la actual puesta en escena tan predecible como lo es desalentadora. Ante la amenaza de aranceles punitivos como si fuesen un garrote medieval, el desmantelamiento de los mecanismos e instancias estadounidense de cooperación internacional y el asalto a la razón de ser de la propia alianza atlántica, la mayoría de los líderes europeos se han tropezado unos con otros para ver quién ofrece primero concesiones, negociaciones y lisonjas diplomáticas al actual ocupante de la Oficina Oval. Esta capitulación representa más que una simple estrategia de contención o transaccional: es una traición fundamental al ese orden internacional basado en normas que Europa proclama defender.

En los últimos meses, y sobre todo en el marco del acuerdo comercial conjunto alcanzado con EE.UU en julio, los europeos han intentado apaciguar a Trump prometiendo aumentar su gasto en defensa y destinar gran parte de ese aumento a la compra de armas estadounidenses, mientras aceptan un acuerdo comercial desventajoso con Washington. En lugar de mantenerse firmes en los principios del libre comercio y la cooperación multilateral, los líderes europeos adoptaron un lenguaje conciliador, hablando de “diálogo” y “soluciones mutuamente beneficiosas”. Esta rutina diplomática de hablar con voz baja y pisar suavecito ignora una realidad crucial: la política comercial de Trump no se trata de economía sino de dominio. Cuando Trump amenaza con aranceles generalizados del 10 al 20% a los productos europeos, no está iniciando negociaciones; exige tributo. Y el instinto de la Unión Europea de responder con ofertas de aumento de las compras de energía estadounidense o de importaciones agrícolas no es diplomacia, sino aquiescencia al chantaje económico.

Lo que hace particularmente irritante la avenencia europea es el desmantelamiento sistemático de la Organización Mundial del Comercio. El mecanismo de resolución de disputas de la OMC, la joya de la corona del sistema multilateral de comercio, fue saboteado deliberadamente durante el primer mandato de Trump mediante la obstrucción estadounidense de los nombramientos de los órganos de apelación. Europa presenció esto y, en lugar de construir marcos alternativos o tomar medidas de represalia decisivas, optó por esperar tiempos mejores. Ahora, esos tiempos mejores definitivamente no han llegado y Europa se encuentra en la misma encrucijada: esperando que el apaciguamiento transforme de alguna manera a un líder que recurre al vandalismo diplomático y al gangsterismo arancelario en un socio de la gobernanza global. Esta expectativa no solo es ingenua, sino que es activamente perjudicial para las instituciones que Europa afirma valorar.

Los líderes europeos parecen creer que pueden controlar al mandatario estadounidense mediante interacciones personales y concesiones tácticas. Esto representa una grosera incomprensión tanto del hombre como del momento. La política comercial de Trump no es al final del día una postura negociadora, sino la expresión de una cosmovisión económica y geopolítica mercantilista y de suma cero. Al ofrecer concesiones en respuesta a amenazas, Europa legitima el mismo enfoque al que dice oponerse. Cada acuerdo-concesión al que se llega señala que sí se puede presionar a la UE, que las reglas importan menos que el poder y que el sistema multilateral que Europa ayudó a construir puede descartarse cuando así conviene. La ironía es que Europa posee una influencia significativa que se niega a utilizar. La UE sigue siendo el bloque comercial más grande del mundo, con un PIB combinado que rivaliza con el de EE.UU. Los consumidores europeos representan un mercado crucial para las empresas tecnológicas estadounidenses y los mercados financieros europeos están profundamente integrados con los flujos globales de capital. En lugar de utilizar esta influencia para defender los principios multilaterales, Europa ha optado por la vía de la súplica. Este enfoque no solo no disuade el unilateralismo estadounidense, sino que lo fomenta activamente al demostrar que las amenazas sí funcionan y dan réditos.

La máxima churchilliana de que el objetivo primordial de la diplomacia no es extender un cumplido sino obtener un beneficio parece estar siendo aplicada al revés por Europa en este momento. No hay nada de malo en que los países sean transaccionales: están obligados a anteponer sus propios intereses. Sin embargo, la tragedia del enfoque actual de Europa es que debilita el mismo sistema que ha sustentado la prosperidad europea durante décadas. Al ceder a las exigencias de Trump, los líderes europeos no están preservando las relaciones trasatlánticas; están validando el principio de que la fuerza otorga la razón. El orden internacional basado en reglas no sobrevivirá si sus supuestos defensores lo abandonan a la primera señal de presión. Europa se enfrenta a una disyuntiva palmaria: defender los principios en los que dice creer o verlos desmoronarse bajo el peso de una acomodación oportunista. Si Trump socava instituciones internacionales, los europeos deben contribuir a la construcción de un nuevo orden mundial; si lanza un ataque frontal contra la democracia liberal, Europa debe convertirse en un refugio para ésta y para sus defensores; si busca intimidar y aplastar, los europeos deben unir fuerzas y crear nuevas arquitecturas de consenso. Por ello es alentador que finalmente la UE haya puesto en marcha la semana pasada el proceso de ratificación del acuerdo de comercio libre renegociado y modernizado con México.

Ya pasó la era de las medias tintas y los eufemismos diplomáticos. O Europa cree en las normas comerciales plurilaterales o multilaterales basadas en reglas, o no. Su respuesta a las últimas amenazas de Trump proporcionará la respuesta definitiva, no solo a EE.UU, sino al mundo.

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