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Este lunes se publicaron dos datos económicos importantes. El primero es la inflación, que afortunadamente continúa a la baja. Es posible que usted no coincida con esa información, porque los precios de alimentos han subido mucho más que el resto de bienes y servicios. En febrero, la inflación anual fue ligeramente menor a 3.7%, ya muy cerca del rango que le gusta al Banco de México.

Si hacemos una comparación con los precios que se tenían cuando los actuales gobernantes llegaron al poder, que fue en octubre de 2018 (mes en el que se canceló el aeropuerto y ya tenían mayoría en las cámaras), la inflación promedio anual ha sido de 5%. Esa cifra ya está un poco lejos de la meta del Banco. Si nos vamos al detalle, los precios de los alimentos han crecido, en promedio, 7% anual, seguidos por los de bebidas, 6%, y los de salud, 5%. Lo único que crece más que estos tres grupos son los servicios financieros (8.5%) y los artículos de cuidado personal (5.6%). Los primeros tres, sin embargo, son mucho más importantes para la mayoría de las personas.

También conviene reconocer que la presión de precios a los productores es mayor que la que vemos al consumidor. Importa porque aunque las empresas intentan no elevar precios, para no perder ventas, no siempre lo pueden hacer. En febrero, la inflación al productor estuvo en 8%.

 

Con base en esta información, el Banco de México decidirá si baja su tasa de interés. Los especialistas están convencidos de que la reducción será de medio punto, porque la inflación se ha reducido, como veíamos, y porque la actividad económica está por los suelos.

Ése fue el segundo dato del lunes. El crecimiento de la economía, en el mes de enero, fue cero. Un poco mejor que en diciembre, que fue negativo, y también en octubre. El promedio de crecimiento bajo la actual administración, cuatro meses, es ligeramente negativo: -0.1%. A diferencia de la inflación, que ahora está un poco mejor, el crecimiento no va nada bien.

Si comparamos, como hicimos con los precios, la actividad económica en enero con la que se tenía en octubre de 2018, el promedio de crecimiento anual es de 0.4%. Ya no 0.8% que se decía al cierre del sexenio anterior, sino la mitad. Y también hay que achacarlo a la misma persona, porque la situación de la economía no tuvo un punto de inflexión en octubre, con el cambio de gobierno: es una caída que se nota desde julio, mes siguiente a la elección, y que cierra la burbuja de crecimiento que tuvimos en 2023 y 2024, sostenida en un déficit público que suma 10 puntos del PIB en esos dos años.

Esto significa que se incrementó la deuda en 10 puntos del PIB para obtener un crecimiento que no llega, sumando los seis años y cuatro meses, a 3%. No por año, en los 76 meses de referencia. Seguramente habrá quien insista en que fue la pandemia la causa, pero una comparación internacional despeja esa duda. La gran mayoría de los países recuperó su nivel durante 2021, y para 2022 muchos habían recuperado su tendencia previa al covid. Nosotros, no.

 

En lugar de impulsar programas de apoyo durante el confinamiento, como se hizo en esos otros países, acá se guardó el parque para utilizarlo en la única batalla que le importaba a quienes están en el poder: las elecciones de 2024.

 

En enero, la actividad económica en México estuvo 10% por debajo del nivel que hubiese tenido de continuar la tendencia de los cuarenta años previos a 2018: 2.2% anual. Eso, más los 10 puntos de deuda adicionales, es lo que nos está costando, hasta ahora, el grupo que está en el poder.

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