La síndica municipal Maru Becerra vuelve a llamar la atención, ahora con una denuncia de supuesto seguimiento y hostigamiento, al asegurar que un automóvil Chevrolet Malibu negro la persiguió durante sus recorridos por Camargo. Una vez más, la funcionaria coloca los acontecimientos en el terreno de una presunta persecución en su contra, atribuyendo a terceros intenciones de intimidarla, aunque hasta el momento no existen elementos públicos concluyentes que permitan confirmar sus señalamientos.
Lo que comienza a convertirse en una constante es la manera en que Becerra interpreta distintas situaciones como ataques personales, construyendo un discurso en el que parece sentirse permanentemente vigilada, amenazada y perseguida. Sus declaraciones dejan ver una preocupación que merece atención a su salud, pero también abren cuestionamientos sobre la facilidad con la que transforma sospechas en acusaciones, particularmente en medio de su confrontación política.
Y aquí la pregunta es inevitable: ¿realmente existe una persecución contra la síndica o está viendo amenazas en cada esquina? Su insistencia en colocarse como víctima de un supuesto hostigamiento proyecta una narrativa de desconfianza y sospecha permanente. Hablar de paranoia como descripción de ese discurso es una cosa; atribuirle un trastorno de salud mental sin valoración médica sería otra.


