InicioOpiniónLa rebelión de los bonos (Enrique Quintana)

La rebelión de los bonos (Enrique Quintana)

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Ayer, el rendimiento del bono del Tesoro de Estados Unidos a 30 años llegó a 5.29 por ciento, su nivel más alto desde 2007, y quedó muy cerca del pico de 5.44 por ciento que alcanzó aquel año, en la antesala de la crisis financiera global.

La comparación con 2007, sin embargo, engaña. Entonces, el problema era una borrachera de crédito privado. Hoy, el mercado le está pasando la factura más bien al gobierno norteamericano.

Conviene explicar por qué importa. La tasa a 30 años es una de las principales referencias del costo del dinero a largo plazo. Sus movimientos terminan transmitiéndose a las hipotecas, al financiamiento corporativo y a la valuación de numerosos activos.

Y hay una paradoja. La tasa de largo plazo sube justo cuando los datos de la economía norteamericana se debilitan: el empleo cayó inesperadamente en julio, las ventas minoristas tuvieron su peor descenso en más de un año y la inflación subyacente resultó más moderada de lo previsto.

En condiciones normales, ese cuadro debería empujar los rendimientos hacia abajo, al anticipar menor crecimiento y menores presiones sobre los precios. De hecho, las tasas de corto plazo han cedido.

Que en el extremo largo de la curva ocurra lo contrario revela algo de fondo: la coyuntura económica ya no basta para explicar lo que sucede. El mercado está cobrando una prima creciente por prestar a Washington durante tres décadas. Es, cada vez más, una señal de desconfianza fiscal.

Los inversionistas exigen un mayor “premio por plazo”, es decir, una compensación adicional por mantener deuda durante muchos años.

Las razones son visibles. Estados Unidos arrastra déficits fiscales muy elevados, la deuda pública sigue creciendo y no existe una ruta política creíble para corregir esa trayectoria. Eso obliga al Tesoro a colocar cantidades crecientes de papel en un mercado que empieza a exigirle un precio mayor.

Apenas la semana pasada colocó 25 mil millones de dólares en bonos a 30 años a una tasa de 5.216 por ciento, la más alta en una subasta de ese plazo desde 2001. Un día antes, la colocación a 10 años registró el costo de financiamiento más elevado desde 2007.

A eso se suma una inflación que continúa por encima de la meta de la Reserva Federal y que en julio se ubicó, en su medición general, en 3.4 por ciento anual.

Hay además un ingrediente nuevo: la emisión masiva de deuda corporativa para financiar el auge de la inteligencia artificial compite con el Tesoro por el mismo capital, mientras algunos compradores tradicionales de bonos de largo plazo muestran menor apetito.

El dilema de la Reserva Federal es mayúsculo. En julio mantuvo su tasa en el rango de 3.50 a 3.75 por ciento, con tres disidentes que querían elevarla. Los datos más recientes han reducido las expectativas de un aumento próximo.

Pero la Fed controla directamente solo el tramo corto de la curva. Las tasas de largo plazo las determina un mercado que parece menos dispuesto a otorgar el beneficio de la duda.

Y no es un fenómeno exclusivamente norteamericano. Los bonos británicos a 30 años están en máximos desde 1998 y los japoneses han alcanzado niveles récord. Las causas particulares son distintas, pero existe un denominador común: los inversionistas exigen una remuneración mayor para comprometer su dinero durante décadas.

¿Y México? Hay tres canales que conviene vigilar.

El primero es el costo del dinero. Cuando sube el piso de las tasas globales de largo plazo, se presionan los rendimientos de los Bonos M y se encarece el refinanciamiento externo del gobierno y de Pemex. Nadie escapa a la gravitación del Tesoro norteamericano.

El segundo ofrece, por ahora, un contrapeso. México conserva un diferencial considerable de tasas frente a Estados Unidos. Con la tasa de Banxico en 6.50 por ciento y la inflación general alrededor de 3 por ciento, la postura monetaria sigue siendo restrictiva.

El bono mexicano a 10 años paga alrededor de 9.1 por ciento frente a cerca de 4.7 por ciento del norteamericano. Ese diferencial sigue ofreciendo soporte al peso, que permanece en la vecindad de 17 unidades por dólar.

Pero también reduce el margen de Banxico: cualquier eventual recorte estrecharía ese premio precisamente cuando el entorno financiero global se ha vuelto menos indulgente.

El tercer canal es el crecimiento. Si el encarecimiento del dinero termina por enfriar la construcción, las hipotecas, el consumo de bienes duraderos y la inversión en Estados Unidos, el golpe nos llegará por la vía comercial.

Una economía norteamericana frenada por sus propias tasas es una mala noticia para quien le vende más del 80 por ciento de sus exportaciones.

En 2007, un bono a 30 años en estos niveles anunciaba el final de una fiesta de crédito privado que terminó en la peor crisis financiera en ocho décadas.

Hoy anuncia algo distinto, pero no menos serio: que hasta al deudor más confiable del mundo le llegó el día en que los acreedores le preguntan cómo piensa pagar.

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