Ciudad Juárez.— En un episodio que jamás ocurrió, pero que habría sido digno de una buena temporada de House of Cards fronteriza, Juan Carlos Loera habría decidido prenderle fuego a su visa estadounidense como gesto definitivo de congruencia política.
Según esta versión ficticia —porque conviene aclararlo antes de que alguien la convierta en boletín oficial—, el legislador habría anunciado también su inminente mudanza del exclusivo West Side de El Paso, Texas, hacia Riberas de Sacramento, con la firme intención de vivir, ahora sí, “entre el pueblo bueno, justo y sabio”.
La escena imaginaria habría incluido un encendedor, una visa perfectamente inútil para el espectáculo porque nunca fue quemada, y un discurso solemne sobre la necesidad de abandonar las comodidades del capitalismo fronterizo para abrazar las virtudes de la austeridad popular.
El supuesto acto se habría convertido, en esta fantasía satírica, en uno de los principales detonantes de una multitudinaria manifestación en favor de Andy López Beltrán. Los asistentes, emocionados ante semejante sacrificio imaginario, habrían coreado consignas mientras esperaban que Loera entregara también las llaves de su casa en El Paso.
Pero hay un pequeño inconveniente: nada de esto ocurrió.
La visa no ardió, la mudanza a Riberas de Sacramento no sucedió y la supuesta renuncia a la vida estadounidense pertenece exclusivamente al terreno de la sátira política.
Y quizá ahí radique el chiste: en la política mexicana, a veces la distancia entre el discurso sobre “el pueblo” y la vida cotidiana de quienes lo pronuncian parece ser tan grande que hasta una visa imaginaria puede convertirse en protagonista de una manifestación.
Por supuesto, cualquier parecido con declaraciones, personajes o acontecimientos reales debe entenderse como parte de la mordacidad del texto y no como información noticiosa.






