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Imparte Luis Antonio Corral primer Diplomado de Liderazgo Comunitario en la URN

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Noticias Chihuahua:

Los retos de la democracia

Cuando hablamos de democracia, solemos pensar en elecciones, partidos políticos y campañas. Sin embargo, la democracia es mucho más que depositar una boleta en una urna cada cierto número de años.
La democracia es un sistema extraordinariamente complicado porque depende del elemento más complejo e imperfecto que existe: el ser humano.

Desde hace más de dos mil años, los filósofos griegos ya discutían sus fortalezas y debilidades.
Sócrates desconfiaba de la capacidad de las masas para tomar decisiones informadas sobre asuntos de enorme trascendencia. Platón fue todavía más crítico. Consideraba que la democracia corría el riesgo de convertirse en el gobierno de las emociones y no de la razón; en el gobierno de los discursos atractivos y no de la verdad.

Aristóteles, por su parte, tuvo una visión más equilibrada. Reconoció que la participación ciudadana era valiosa, pero advirtió que una democracia solamente podía funcionar cuando existían ciudadanos educados, instituciones fuertes y una cultura orientada al bien común.
Dos mil años después seguimos enfrentando exactamente los mismos problemas.

Uno de los mayores retos de la democracia moderna es que los seres humanos solemos pensar en el corto plazo. Preferimos beneficios inmediatos aunque generen costos enormes para el futuro.

Nos cuesta trabajo entender que la deuda pública de hoy son impuestos mañana. Que las malas decisiones en educación se pagan durante generaciones. Que el deterioro de las instituciones termina afectando incluso a quienes creen beneficiarse temporalmente de él.
La democracia requiere ciudadanos informados, críticos y responsables. Sin embargo, muchos sistemas políticos han descubierto que resulta más fácil gobernar ciudadanos dependientes que ciudadanos libres.

Y aquí aparece uno de los problemas más graves de nuestro tiempo.
Se está debilitando la cultura del esfuerzo.
Se está erosionando la idea de la superación personal.

Cuando una sociedad comienza a respaldar de manera sistemática a quienes deterioran sus instituciones, destruyen los contrapesos, ignoran las señales más básicas de una economía sana y comprometen el futuro del país, estamos frente a una democracia que corre el riesgo de volverse autodestructiva.

Porque la democracia no fracasa únicamente por culpa de malos gobernantes. También puede fracasar cuando una parte importante de la ciudadanía decide privilegiar beneficios individuales, económicos e inmediatos por encima del bienestar colectivo de largo plazo.

Ninguna nación puede prosperar de manera sostenible cuando se normaliza el endeudamiento irresponsable, se desprecia la inversión productiva, se castiga la generación de riqueza o se ignoran las consecuencias futuras de las decisiones presentes.
Más preocupante aún es cuando el propio gobierno fomenta la división entre ciudadanos.

Un sistema que confronta a su población, que la divide entre buenos y malos, que miente, que oculta información, que esconde sus errores mediante cambios legales orientados a la opacidad, que protege a sus allegados, que beneficia a los cercanos al poder, que debilita el estado de derecho y que no solo deja de perseguir a los criminales sino que termina protegiéndolos, no puede considerarse un gobierno comprometido con el bienestar de las personas que juró servir. Ese gobierno está traicionando los principios y valores de la democracia.

La función esencial del gobierno es proteger a los ciudadanos, garantizar la aplicación imparcial de la ley y administrar los recursos públicos con honestidad y transparencia. Cuando ocurre lo contrario, la democracia comienza a vaciarse de contenido aunque las elecciones sigan existiendo.

La legitimidad democrática tampoco puede reducirse al resultado de una elección.
La democracia exige legalidad, transparencia y respeto a las reglas.

Por ello, un gobernante que alcanza el poder mediante recursos ilícitos, financiamiento ilegal o mecanismos que violan la ley enfrenta un cuestionamiento profundo sobre la legitimidad de su mandato. La voluntad popular solo puede expresarse plenamente cuando el proceso electoral es limpio, equitativo y respetuoso del estado de derecho.

Un sistema democrático no destruye la aspiración legítima de crecer, de emprender, ahorrar, invertir y prosperar.
Y eso constituye una amenaza directa a la libertad.

Una sociedad progresa cuando sus jóvenes creen que pueden construir un mejor futuro mediante el estudio, el trabajo y el esfuerzo. Cuando una generación pierde esa esperanza, comienza a conformarse con la dependencia.
No hay democracia sana donde desaparece la responsabilidad individual a costa de engañar aprovechando la necesidad.

La historia demuestra que los países más exitosos son aquellos que logran equilibrar libertad económica, responsabilidad social, estado de derecho, respeto a la propiedad privada y oportunidades reales de movilidad social.

Ni el colectivismo extremo ni el individualismo extremo han resuelto los problemas humanos. Confundir a la población mediante artimañas que prometen una salida fácil puede sonar democrático, pero es la promoción de un sistema perverso.
Los gobiernos que ven al sector productivo como enemigo terminan empobreciendo a la sociedad.

Pero también fracasan aquellos que abandonan toda responsabilidad social y dejan los problemas humanos exclusivamente al mercado.
Se requiere equilibrio.
La democracia necesita ciudadanos libres, pero también ciudadanos responsables.
Necesita empresarios comprometidos, pero también gobiernos honestos.
Necesita instituciones fuertes, pero también una sociedad participativa.
Y aquí encontramos otro de los grandes desafíos.
La democracia no termina en las urnas.
Insisto: la democracia no termina en las urnas.
La democracia comienza en las urnas.

Después de la elección viene la parte más importante.
Supervisar.
Participar.
Cuestionar.
Proponer.
Construir.
Exigir rendición de cuentas.

Con demasiada frecuencia creemos que nuestro deber termina el día de la votación. Elegimos gobernantes y regresamos a nuestras actividades esperando que ellos resuelvan todos los problemas.

La democracia se compromete por algunas condiciones:
Al ser humano lo atraen el dinero y el poder.
Pero el poder tiene una característica conocida desde el inicio de la civilización: tiende a concentrarse.
Y quien posee poder suele querer conservarlo.
Es parte de la naturaleza egoísta de los seres humanos.

Por eso las democracias necesitan crear contrapesos para sobrevivir.
Quienes destruyen esos contrapesos atentan contra la democracia.
Porque no basta confiar en la buena voluntad de las personas.
Se requieren instituciones capaces de limitar los abusos y corregir los errores.
El problema aparece cuando quienes gobiernan comienzan a sentirse dueños del poder.

El que está en el poder tiende a perder el contacto con la realidad y quiere escuchar solo a quienes piensan como él o quienes dicen lo que quieren oír, lo que les conviene.
Es muy fácil que quienes ostentan el poder, caigan en la soberbia o en la llamada “ceguera de taller”, incapaces de reconocer sus propias equivocaciones.
Y cuando las instituciones les señalan errores, en lugar de corregirse buscan desacreditarlas o debilitarlas. Y eso no les gusta a los poderosos y por lo mismo las destruyen.
Por eso es tan importante la participación de la sociedad civil organizada.

Ningún gobierno puede resolver por sí solo todos los problemas de una comunidad.
Los avances más importantes suelen surgir cuando ciudadanos organizados participan activamente en la construcción de soluciones.
Chihuahua tiene ejemplos extraordinarios.

Instituciones como FECHAC, FICOSEC, organismos empresariales, asociaciones civiles, universidades y organizaciones comunitarias han demostrado durante décadas que la sociedad organizada puede transformar realidades.

La democracia necesita precisamente eso: ciudadanos organizados.
No ciudadanos pasivos.
No ciudadanos dependientes.
No ciudadanos que esperan que el gobierno resuelva todo.
Ciudadanos comprometidos con su comunidad.
Otro gran reto es la selección de nuestros líderes.

Es muy difícil encontrar personas con verdadera vocación de servicio.
Muchas veces quienes buscan posiciones públicas lo hacen impulsados por intereses legítimos de reconocimiento o influencia, pero también encontramos casos donde predominan la ambición económica, el deseo de poder o la búsqueda de privilegios.
Y lo más preocupante es que los sistemas políticos suelen premiar la lealtad al grupo antes que la independencia de criterio.
Con frecuencia las personas con convicciones firmes se vuelven incómodas.

Representan un riesgo para quienes desean conservar privilegios o mantener estructuras de poder.
Por eso no siempre llegan los mejores.
Y cuando llegan, enfrentan enormes resistencias.
La historia está llena de ejemplos de líderes reformistas que fueron bloqueados, marginados o combatidos por intereses establecidos.
También debemos reconocer una verdad incómoda: el poder pone a prueba a las personas.

Algunos llegan con buenas intenciones y terminan perdiendo el rumbo.
El dinero y el poder son tentaciones enormes.
Muy pocas personas logran conservar intactos sus principios después de años de influencia, privilegios y reconocimiento.
Por eso la formación ética es tan importante como la formación técnica.
Y por eso el futuro de la democracia depende, en buena medida, de nuestros jóvenes.

Si queremos un país distinto, debemos formar generaciones con cultura de servicio, respeto, responsabilidad, esfuerzo y trabajo.
Debemos enseñarles a pensar.
A cuestionar.
A participar.
A distinguir entre información y propaganda.
A comprender que la libertad implica responsabilidades.
Las redes sociales han agregado un desafío adicional.
Vivimos en una época donde la mentira viaja más rápido que la verdad.
Donde la emoción suele imponerse a los hechos.
Donde la polarización se convierte en herramienta política.
Nunca había sido tan fácil manipular a millones de personas.
Y nunca había sido tan importante desarrollar pensamiento crítico.
Por eso la educación sigue siendo la gran tarea pendiente.
No habrá democracia fuerte sin ciudadanos educados.
No habrá instituciones fuertes sin ciudadanos comprometidos.
No habrá prosperidad sostenible sin una cultura del esfuerzo.
Y no habrá libertad duradera sin participación ciudadana.

Quisiera terminar regresando a Platón.
Aunque desconfiaba de la democracia, dejó una advertencia que sigue siendo vigente:
“El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres.”
La solución no es abandonar la democracia.
La solución es mejorarla.
Y eso solamente será posible cuando entendamos que la democracia no es responsabilidad exclusiva de los gobernantes.
Es responsabilidad de todos.
Porque el futuro de Chihuahua y de México no depende únicamente de quienes ocupan el poder.
Depende también de quienes estamos dispuestos a vigilarlo, cuestionarlo, limitarlo y, cuando sea necesario, corregirlo.
La democracia no termina en las urnas.
La democracia vive o muere en la participación cotidiana de sus ciudadanos.

Noticias Chihuahua

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