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En las sombras acechantes de la capital chihuahuense, un golpe certero de la justicia irrumpió como un trueno en la madrugada del lunes, cuando agentes de la Fiscalía General del Estado capturaron a un presunto ejecutor vinculado a la brutal ejecución de una pareja que apenas había cruzado el umbral de un bar en la zona del Perijuv. El horror se desató cerca de las 2:00 horas, cuando los enamorados, aún ebrios de risas y copas, pisaron el asfalto húmedo solo para ser acribillados por ráfagas implacables que perforaron la noche como dagas de fuego. La mujer, de unos 28 años, y su compañero, de 32, sucumbieron en agonía sobre el pavimento, sus cuerpos acurrucados en un abrazo final que no pudo detener la muerte ni la indiferencia de un vecindario paralizado por el terror recurrente. Este atentado, que salpicó de sangre las calles aledañas al Parque Industrial Juárez, no es un capricho aislado del destino: es el rostro sangriento de un Chihuahua asediado por clanes que disputan territorios con balas en lugar de palabras, dejando familias destrozadas y comunidades en vilo eterno.
La escena del crimen, un lodazal de casquillos y ecos de disparos que despertaron a testigos aterrorizados, se convirtió en el tablero de una cacería policial que no perdonó la oscuridad. Informes preliminares de la FGE detallan cómo los sicarios, ocultos en un vehículo fantasmal negro con vidrios polarizados, esperaron el momento preciso para desatar el infierno: más de 20 impactos de armas cortas y largas llovieron sobre la víctima masculina al volante de su sedán gris, mientras su pareja intentaba huir hacia las luces de un puesto de tacos cercano, solo para ser alcanzada por plomo traicionero en la espalda. Ambulancias aullaron en vano hacia el hospital Ángeles, donde médicos lucharon contra lo inevitable, confirmando las muertes por hemorragia masiva y trauma torácico. Vecinos, asomados desde balcones temblorosos, describieron al agresor principal –un hombre de complexión robusta, con tatuajes de calaveras en los antebrazos y una cicatriz que surca su mejilla izquierda– como un espectro conocido en antros locales, un depredador que frecuenta mesas de billar para reclutar almas perdidas en la niebla del alcohol y la desesperación.
El cerco se cerró con la detención de José Luis «El Jaguar» Ramírez, un ejecutor de 29 años con historial de extorsiones en la zona norte, quien cayó en una redada relámpago en un taller mecánico de la colonia Anillo Periférico, flanqueado por dos cómplices que huyeron como ratas hacia las colinas áridas. Armas humeantes, un chaleco antibalas perforado y un teléfono con mensajes codificados que aluden a «deudas pendientes» con el Cártel de Juárez fueron el botín que delató su rastro, según revelaron peritajes balísticos que ligan las balas recolectadas en la escena al arsenal incautado. La policía municipal, en colaboración con la Guardia Nacional, irrumpió al alba, derribando puertas y acorralando al sospechoso en un forcejeo que dejó moretones pero no balas, un raro triunfo en una tierra donde los narcos suelen evaporarse como humo. «El Jaguar», exchofer de camiones que viró al abismo por promesas de pesos rápidos, confesó en interrogatorios iniciales haber actuado por orden de un «patrón» anónimo, un hilo que la Unidad de Investigación de Delitos contra la Vida jura desenredar hasta las cúpulas ocultas.
Pero esta captura no apaga el fuego que devora Chihuahua: apenas días antes, un tiroteo similar en un bar de la avenida Tecnológico dejó tres heridos y un rastro de miedo que obliga a dueños de antros a cerrar temprano, temiendo convertirse en tumbas improvisadas. La pareja asesinada, identificada como María Elena Torres y Roberto Sánchez –ella mesera en un café del centro, él mecánico con sueños de boda–, representaba la inocencia cotidiana que el crimen organizado pulveriza sin remordimientos, extorsionando giros de cerveza por «derecho de piso» y castigando deudas con ejecuciones públicas que aterrorizan más que los velorios. Autoridades estatales, bajo el mando del fiscal César Jáuregui, han elevado la alerta en el Perijuv, desplegando patrullas blindadas y drones de vigilancia que escudriñan callejones como ojos incansables, mientras programas de testigos protegidos ofrecen escudos frágiles a quienes osen hablar. En un estado donde las balas superan las palabras, esta detención se erige como faro precario, un recordatorio de que la justicia, aunque tardía, acecha en las sombras con la misma ferocidad que los verdugos.
Mientras el sol abrasador ilumina grafitis de venganza en muros desconchados, el eco de esta masacre resuena como advertencia: Chihuahua no doblegará su espíritu ante el plomo, pero clama por un escudo nacional que detenga la hemorragia de vidas truncadas. La familia de los caídos, reunida en una capilla improvisada con velas y fotos desvaídas, jura no descansar hasta que «El Jaguar» y sus mandantes paguen con años tras rejas, un juramento que une al pueblo en un rugido colectivo contra la impunidad. En las venas de esta frontera indómita, donde el desierto guarda secretos de sangre, la captura de un solo hombre no es victoria plena, sino el primer trueno de una tormenta que promete barrer con los demonios que convierten noches de fiesta en epitafios eternos.







