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Ni de la 4T ni del alfarismo

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Desde que empezó a sonar con mayor insistencia, la semana pasada, el nombre de José Luis González Íñigo como el más seguro comprador de los Charros de Jalisco, muchos interpretaron que un factor decisivo para que él ganara la puja sobre otros grupos empresariales interesados era su cercanía con Alfonso Romo, quien hasta diciembre pasado fungió como jefe de la Oficina de la Presidencia de la República, y el gusto común por el beisbol de estos dos personajes y de Andrés Manuel López Obrador, de quien Romo sigue siendo su principal enlace con el sector privado.

Muchos dieron crédito a esta versión por el hecho de que erróneamente se propaló que a González Íñigo lo respaldaba “Calo” Valenzuela, accionista minoritario de Charros, y dueño, junto con Rafael Tejeda Palacios, del nuevo equipo de beisbol tapatío, Mariachis, que ese sí nació con la bendición presidencial, e incluso sin el aval inicial del alfarismo.

Pero lo cierto es que el gobierno de la 4T nada tiene que ver con este cambio de propiedad en Charros, al que apuesta la familia de este empresario agropecuario que llegó a Guadalajara hace más de medio siglo. La inversión la haría sin ningún apoyo de nadie, al menos que los accionistas minoritarios que no tienen más del 25 por ciento quieran permanecer en la organización.

Lo que es innegable es que una vez que no hubo arreglo en el conflicto interno entre accionistas que enfrentó a Salvador Quirarte, quien fungió como Presidente de Charros hasta el año pasado que estalló la pugna, impugnado por el grupo encabezado por Armando Navarro, vicepresidente y propietario de la marca, el gobierno estatal como propietario del Estadio Panamericano que alberga al estadio de Charros, las autoridades salientes y entrantes de Zapopan que lo tienen en comodato y así como los principales equipos de la Liga Mexicana del Pacífico (LMP) vieron con muy buenos ojos que el equipo quedara en manos de González Íñigo e hicieron un intenso cabildeo para que así fuera. Notable ha sido el papel de intermediación entre los conflictuados accionistas mayoritarios y quien se podría convertir en el nuevo dueño de Charros que ha desplegado el secretario general de gobierno, Enrique Ibarra Pedroza, quien es también un asiduo aficionado al beisbol.

Las negociaciones están en la fase final, pero sin duda en la de mayor riesgo por tratarse del cálculo del costo del equipo y sus activos, incluida la marca, que ven los dueños salientes y el entrante, los litigios que están en marcha por el conflicto Quirarte-Navarro, que habrá que ver si se resuelven bien y llegan a buen puerto para beneficio de la creciente afición beisbolera, que sin duda, fue un acierto y legado de la dupla que revivió a Charros en el 2014, y que espera con ansia el inicio de temporada el próximo mes de octubre.

 

 

 

 

 

 

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